Redes Sociales

Primera parte.
Hace muy poco, mientras veía mis redes sociales, me llamó la atención una nota en un portal de noticias acerca de un suceso en una región en las proximidades del Golfo de México donde un par de excursionistas desaparecieron en conjunto con su guía, al parecer durante su aventura los excursionistas fueron retenidos por un grupo armado que controla el narcotráfico en la zona.

Según el portal de noticias, aquella guía pertenecía a una empresa de turismo de aventura, aunque la empresa se deslindó de la guía, pues según decía la nota esta empresa no programaba actividades en esa zona por su alta peligrosidad, y la excursión había sido agendada por los excursionistas con la guía de forma independiente.
Al revisar la nota, donde mostraban la fotografía de la guía y los excursionistas para su localización, pude reconocer el rostro de la guía, a quien desde hace más de 15 años tuve la fortuna de conocerla y a quien recuerdo con el nombre de Quetzalli.


Tenía ya varios años que no sabía de ella, desde aquella experiencia en la Sierra de Puebla, que más abajo les voy a narrar.

Corría el año 2006, mi vida transcurría entre los últimos semestres de la universidad, un trabajo de medio tiempo, fiestas los fines de semana hasta altas horas de la madrugada, una que otra salida al cine, alguna reunión familiar o jugar futbol los fines de semana en el deportivo de la colonia.

Hasta que un día, el hermano de un compañero de la universidad nos invitó a una caminata a Hidalgo, una travesía por la Sierra Madre Oriental. Cabe mencionar que no tenía ninguna experiencia en montaña, yo era un niño que había crecido completamente en la ciudad, y mi único contacto con la naturaleza era el bosque de Tlalpan, Chapultepec y uno que otro fin en la Marquesa para comer quesadillas o dar una vuelta a caballo que rentaban los ejidatarios de la zona, pero nunca había pasado más de unas horas en medio de la naturaleza, y esta invitación era para dos días de aventura en la Sierra Madre Oriental.

No contaba con el equipo básico, pero pude conseguir que otros conocidos y amigos me prestaran lo necesario para no perderme esta experiencia, los exámenes de mitad de semestre me tenían agobiado, sumando que en el trabajo no me iba del todo bien por lo que necesitaba una escapada para despejarme.

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Así fue como conocí por primera vez a Quetzalli, desde la primera vez que la vi, su sonrisa tenía un encantó que atrapó completamente mi atención. Quetzalli a diferencia de todos los asistentes de esta aventura, era una montañista nata con mucha experiencia, pues por lo que supe después, ella había nacido entre los límites de Puebla, Veracruz e Hidalgo, por lo que desde niña acostumbraba perderse entre las montañas, ríos, cuevas y cañadas de su región, además que ahora ella vivía de esto, pues era parte del staff de una empresa de aventura, por lo que su pasión la había convertido en una forma de ganarse la vida.

Quetzalli, a diferencia de nosotros que solo salíamos a la montaña por hobby los fines de semana, ella parecía tener una conexión especial con la naturaleza, pues hasta parecía que podía hablar con las aves, pues al caminar los pájaros cuando silbaban, ella también lo hacía que hasta parecía le respondían; además que tenía un olfato singular que podía identificar si un zorrillo, conejo, coyote u otro animal estaba cerca o hace cuanto tiempo un animal había estado ahí, incluso sabía que tan lejos o cerca podía estar una serpiente, tan solo por la intensidad del olor que según ella podía percibir de estos reptiles.

En aquella primera aventura pude conocer mucho más de ella, incluso me enseñó algunas hierbas medicinales, pues esa primera noche en la montaña, algo me cayó mal que tenía dolor de estómago, nauseas y ganas de vomitar, por lo que al contarle sobre mi malestar, a mitad de la noche se adentró sola hacia el bosque, regresando media hora después y mezcló cinco o seis hierbas que fue a conseguir cerca de nuestro lugar de campamento, martajándolas sobre una roca, haciendo una preparación y obteniendo algo como un tipo de aceite, el cuál me dijo que me lo bebiera así caliente como estaba, por lo que al ingerirlo, como arte de magia, me quitó todo el malestar y dormí plácidamente aquella noche.

Aquella primera aventura fue todo un éxito y una revolución de emociones para mi, y cautivó todos mis sentidos, como cuando Neo probó la pastilla roja y descubrir un mundo nuevo en vez de seguir viviendo en la matrix, no solo por el caminar sobre hojas secas, beber el agua de la montaña, atravesar ríos, el verde del musgo, sentir la lluvia sobre mi piel, el olor de las diversas hierbas y flores, o las aves volando sobre los grandes árboles que había alrededor del camino, si no también por la magia que Quetzalli emanaba.

En ese tiempo no había redes sociales como ahora, solo existía el msn messenger, pero ella no era muy adepta a estar frente a una computadora, entre semana era muy difícil contactar con ella, pues por lo que supe, ella gustaba de irse a perder entre las montañas de Puebla, Hidalgo y Veracruz explorando nuevas rutas entre ríos, cuevas, cañones y diversas montañas para después organizar diversas rutas de aventura.
Las veces que tuve suerte de encontrarla en su casa, nos la pasábamos hablando por teléfono, donde ella me contaba de sus aventuras, y yo, solo de la cotidianidad entre la universidad, el trabajo, mi casa y las fiestas con mis amigos.

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Ella me contaba que tenía un hermano, que también era muy apasionado de la montaña, y con quien disfrutaba irse a explorar, aunque a veces el prefería ir solo, pues a diferencia de ella, a él no le importaba “comerciar” u obtener un beneficio de la montaña, pues para él la montaña es un ser vivo, que le brindaba protección, amor y vida, por lo que llevar gente a la montaña era como traicionarla y prostituirla, por lo que no tenía ningún interés de mostrar los lugares que exploraba, ni le importaba que alguien supiera de su capacidad de exploración ni de los mágicos e increíbles lugares que lograba descubrir, prefiriendo guardar solo en su memoria de esos paisajes que encontraba en su andar, pues en palabras de su hermano aborrecía el mundo consumista que cree que todo lo puede obtener con dinero, pensando que con unas monedas y billetes pueden comprar la paz que la naturaleza puede otorgar, y estaba en contra de que la gente de la ciudad fuera a estos lugares sin el mínimo respeto como si fuera un parque de diversiones, tan solo para lucirse, tomarse una fotografía y presumirla a todo el mundo como un reloj, una prenda u otro objeto de su posesión; contaminando y corrompiendo todo a su paso; arrancando plantas y cortando flores tan solo para adorno sin pedirle permiso a la naturaleza o como otros más que iban a cazar por diversión o peor aún a atrapar algún ave, venado u otro animal para tenerlo enjaulado y satisfacer el ego de quien tuviera el dinero para poderlo pagar.

Desde aquella vez, no me perdí ningún fin de semana de aventuras de montaña que organizaba Quetzalli, donde pude conocer a diversas personas, algunas con más o menos experiencia, también conocí muchas rutas de montaña que las empresas comerciales de turismo no conocían, por lo que era grato vivir estas experiencias con otras personas igual de locas y apasionadas por caminar los senderos de montaña y despejarse cada fin de semana de este mundo en el que habitamos día a día entre asfalto, concreto, cristales y cemento.
Así transcurrieron varios meses de aventuras, hasta que un día Quetzalli nos avisó que por cuenta propia, organizaría una aventura de exploración a una región remota de la Sierra de Puebla, un lugar no conocido por las agencias de aventuras, pues no era una ruta comercial y era una zona que recientemente había ido a explorar con su hermano, nos contaba que era una región de muchas cascadas, ríos, bosques y de un mirador de montaña donde la niebla durante el ascenso no deja ver más allá de 5 metros, pero que al llegar a la cumbre, tendríamos un mar de nubes donde solo se alcanzarían a ver los picos de las montañas que se tienen en esa vista de 360 grados de la Sierra Madre Oriental. Quetzalli, no tenía mucho que explicarnos, sabíamos que cada salida era una garantía de aventura.

Esa semana se me hizo eterna, pero bien valía la pena la espera por vivir una aventura más de montaña, hasta que llegó el día de la partida.

Nueve aventureros más la guía nos repartimos en tres autos, el sábado a primera hora cerca de las cinco de la mañana salíamos desde el norte de la ciudad. El viaje fue muy tranquilo hasta llegar a un pueblo de la Sierra de Puebla, este pueblo no era muy grande, pero se notaba claramente la vida en el campo entre las calles de la comunidad, pues parecía ser un día de plaza, ya que habían muchas personas sentadas entre las calles expendiendo o haciendo trueques con los productos que cosechaban, desde frijol, calabaza, duraznos, manzanas, peras, hierbas medicinales, ocotes, canastos, cazuelas de barro, hasta chivos y borregos.

Ahí Quetzalli, nos dijo que preparáramos nuestro equipo de campamento, pues desde ahí comenzaríamos a caminar hasta un paraje de montaña donde llegaríamos para montar las casas de campaña. No sin antes desayunar en la única fondita del pueblo, donde unos frijoles, huevos al comal, con café, pan de trigo y tortillas de maíz pinto fueron el deleite para el apetito mañanero previo a la aventura.

El plan sería caminar algunas horas para llegar a la zona de campamento, donde después de montar las casas de campaña, Quetzalli nos llevaría a visitar unas cuevas que nadie más conocía, para de ahí ir a buscar leña y regresar al campamento para prender una fogata, preparar la cena y disfrutar la noche. Al día siguiente sería subir hasta la parte más alta de la montaña, para ver el mar de nubes y de ahí bajar para llegar a unas cascadas, para luego regresar al campamento, comer algo y emprender el regreso al pueblo, para así regresar a la Ciudad de México y culminar la aventura. El plan era muy atractivo y todo indicaba que sería un gran fin de semana de aventura.

Después de desayunar, comprar algunos dulces, frutas y gaseosas, nos cargamos la mochila y nos enfilamos hacia la aventura. La humedad del ambiente hacía que en esa zona alta de la sierra se sintiera algo de frío, afortunadamente durante los últimos meses la experiencia de las aventuras previas me había ayudado a seleccionar mi equipo de montaña y poco a poco me había ido comprando el equipo necesario, por lo que me sentía confiado de que la iba a pasar bien, no como aquella primera vez donde mi pantalón de mezclilla terminó todo mojado y toda la noche pasé frío al no secarse, además que ya no cargaba un cobertor tan pesado como la primera vez y mi sleeping aunque era ligero era también bastante confortable, mis rodillas ya no sufrirían por resbalar tanto en esas bajadas por terrenos resbalosos donde unos tenis converse fueron toda una pesadilla y quería tirarlos después de aquella primera aventura de montaña, ahora unas botas cómodas me hacían más fácil el avance por los senderos de montaña y el frío era imperceptible por mi chaqueta de tela polar.
Las risas, los chistes, la plática y los gritos de euforia de los caminantes mientras subíamos, hacían que aquel ascenso por los senderos de montaña fueran casi imperceptible, cuatro chicas y cinco chicos aparte de la guía nos habíamos sumado a esta aventura: Gabriela, Valeria, Citlali, Laura, Charly, Patricio, Rubén, Canek y yo.
Mientras subíamos, la niebla poco a poco nos iba rodeando, dándole a aquel paisaje de montañas y helechos, un aspecto poco usual, yo iba hasta atrás, para apoyar al grupo y a Quetzalli con la retaguardia. Aunque al ir subiendo, tenía la sensación que alguien iba atrás de mi y sentía hasta un repentino escalofrío, pero siempre que volteaba no veía ni oía algo, más que el canto de las aves, el soplo del viento y el canto de algún grillo.
En una parada que hicimos para hidratarnos y comer algún chocolate, dulce o semilla, le comenté a Quetzalli de mi percepción, riéndose ella inmediatamente de lo que le comentaba, mientras en tono de broma y burla me decía que después de varias aventuras en montaña no imaginaba que todavía la niebla y los grillos pudieran generarme terror y escalofríos.

Esas horas de ascenso fueron rápidas, que cuando menos lo esperábamos llegamos a un claro en medio del bosque, donde Quetzalli nos comentó que ese lugar era conocido como “llano del coyote”. Rápidamente como pudimos montamos las casas de campaña, aunque se me habían olvidado los guantes, y el frío de la tarde en la montaña me hacían tener las manos más torpes que me tardé más tiempo de lo habitual en lograr montar mi casa de campaña.

Después de que montamos nuestras casas de campaña, todavía tardamos una hora más en partir hacia la primera exploración de ese día, pues algunos se metieron a sus casas de campaña a cambiarse, otros a comer algo y uno que otro se quedó dormido, pues desde mi casa de camping se escuchaban sus ronquidos.
Cerca de las 4:30 p.m. la guía nos avisó que partiríamos en 5 minutos, y así fue. La primera ruta de exploración de ese día, serían unas cuevas, que según la guía, ninguna otra empresa de aventura había explorado, pues era un lugar conocido desde tiempos ancestrales solo por los lugareños y que no dejaban pasar a nadie a esa zona de la montaña a menos que fueran con algún originario de esa región, como lo era ella, pues aunque ella no era exactamente de allí, aquel pueblo a donde llegamos, era el pueblo donde había nacido su abuelita y Quetzalli desde niña jugaba entre las calles de esa comunidad y los senderos de montaña.
Continuará…

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