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A finales del 2013 estando de vacaciones en mi ciudad, aproveché para asistir a una carrera de montaña de 10Km en un pueblo zapoteca de la Sierra Norte de Oaxaca, a San Juan Evangelista Analco, este pueblo se encuentra ubicado a poco más de dos horas de la ciudad de Oaxaca tomando el rumbo de la carretera federal que va hacia Tuxtepec. Aquel día había llegado tarde a la carrera, pues al no haber facilidad de transporte a esta comunidad me trasladé en taxi desde la ciudad, aunque terminé llegando 45 minutos después que la carrera había empezado.

No quise perderme aquella ruta, por lo que tomé con calma la carrera y acompañado con mi cámara fotográfica corrí aquella bonita ruta de montaña, rodeada de paisajes que no pasaron desapercibidos para el lente de mi cámara.

Creo fui de los tres últimos en terminar la carrera, pero los del pueblo tuvieron el detalle de lanzar unos cohetes cuando llegamos y la banda local tocaron unas “dianas” para motivarnos en nuestros últimos pasos, ya los primeros lugares de aquella carrera recién habían sido premiados.

Al terminar la carrera, tenía pensado regresar de inmediato a la ciudad de Oaxaca para estar con mi familia, pero ese mismo día también comenzaría el torneo de basquetbol en aquel pueblo, por lo que pude encontrar a viejos amigos de los torneos, que las horas pasaron entre pláticas recordando viejas aventuras entre los diversos pueblos de Oaxaca cuando andaba también de “mercenario”.

Cerca de las 7:00 p.m. me despedía de ellos, tenía la intención de caminar como 6Km desde aquel pueblo por un camino de terracería que sube entre un bosque espeso que me sacaría a la carretera federal para de ahí esperar un autobús o camioneta que viniera de Tuxtepec y me llevara a la ciudad de regreso, era ya diciembre y en esas fechas de invierno la penumbra comienza a cubrir con su manto desde la temprana tarde. Algunos metros apenas había empezado a subir por una vereda cuando un señor de avanzada edad que bajaba bien abrigado dirigiéndose al centro de su pueblo para presenciar las diversas actividades de la fiesta de su pueblo, me saludó amablemente preguntándome que para donde iba, pues más arriba ya no había casas, preguntándome si andaba perdido o algo por el estilo. Rápidamente le conté que iba camino a la carretera para regresar a la ciudad. Aquel hombre con cierta sorpresa me preguntó que porque me iba, si apenas era la víspera de la fiesta y lo bueno estaría por comenzar. Su semblante amable cambio, y una seriedad devino en su rostro, sin titubear me tomó del antebrazo y mirándome a los ojos me dijo:

-Hijo, ya es algo tarde para que subas al monte, la montaña es mágica y allá arriba, con la noche, la niebla y el frío, la montaña pudiera hacerte una travesura y termines hasta perdiéndote. No te aconsejo que te vayas, quedate a disfrutar la fiesta esta noche, ya mañana temprano te vas ¿Cuál es la prisa? ¿O vas a recibir herencia? Diciéndome mientras carcajeaba para romper aquel momento de seriedad.

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Al escuchar sus palabras, vino a mi mente una anécdota que nos narró un chófer de autobús muchos años atrás en medio de esa montaña mientras nos auxiliaba, cuando íbamos para un torneo a Santiago Comaltepec y justamente en esa montaña, a mitad de la noche, en medio de la carretera bajo ese cielo infinito una llanta de aquel vochito amarillo se nos ponchó y este chófer de autobús que venía de Tuxtepec nos auxilió a mitad de la noche, pues mis amigos no llevaban herramienta para cambiar la llanta. Esa historia vivida y contada por aquel chófer no me hizo dudar ni tantito en quedarme esa noche en Analco, esa noche tuve suerte pues uno de los organizadores de la carrera muy amablemente me brindó hospedaje y una cena deliciosa con tasajo, frijoles recién cosechados y café en la casa de sus padres.

Esa noche después de disfrutar de los toritos pirotécnicos y el castillo pirotécnico, la banda de música, los jarabes serranos en la cancha municipal y por supuesto de un mezcal, al disponerme para descansar y regresar al día siguiente a la ciudad, recordé aquella historia que aquel chófer nos había contado, la cuál fue razón suficiente para no caminar esa noche en la montaña, misma historia que comenzaré a narrar tal cual alcanzó a recordarla al caminar de los años:

Había sido una larga noche de Julio, esa noche había salido de Tuxtepec cerca de las nueve de la noche con destino a la Ciudad de Oaxaca, pero un fuerte chubasco cayó antes de llegar a Valle Nacional que demoró nuestro camino, sumando que más adelante subiendo la sierra una intensa niebla nos hizo ir a vuelta de rueda para evitar desbarrancarnos pues es muy común que a la altura de la “curva del diablo” varios autos terminen yéndose por el voladero por la niebla. La niebla comenzó a desaparecer al pasar “La Esperanza”, el intenso cielo nublado no dejaba ver las estrellas, esa noche no traía mucho pasaje, si acaso unos 13 o 15 pasajeros, eran vacaciones y poca gente iba a la ciudad de Oaxaca, pues generalmente lo hacían jóvenes que iban a estudiar a la universidad. Me moría por un café o un cigarro, pues pasar por esa parte de la montaña es muy frío, aparte que no ves nada, pues todo lo que te rodea son árboles y árboles con más de 20 o 30 metros de altura. En ese tramo después de La Esperanza comenzaba a bajar por la sierra, pues ya habíamos pasado la niebla aunque lloviznaba ligeramente se podía ver con claridad el camino. Era poco más de la media noche, ya me sentía cansado y quería ya terminar aquel viaje aunque todavía me faltaban varias horas de camino. De repente a 500 metros, a la orilla del camino veo prendidas las luces de una camioneta, y una mujer muy agitada se veía dentro de la cabina haciendo sonar el claxon sin parar. Mi primera reacción fue pensar que estaba siendo violada, por lo que no dudé en parar el autobús metros adelante, me bajé y al acercarme vi que la camioneta era una Ford roja modelo 85, en la mano yo llevaba una barreta por si la situación se fuera a poner complicada. Al acercarme vi que aquella mujer estaba sola, gritaba como poseída, señalando al otro costado de la camioneta, hacia la ventana del pasajero. Varios pasajeros se bajaron del autobús para “tirar el miedo” y también para enterarse del chisme. Aquella mujer estaba como en shock, solo decía que se habían llevado a su esposo. Rápidamente algunos pasajeros y yo, desde la orilla de la carretera comenzamos a gritar el nombre de su esposo, por si estuviera lastimado entre aquella espesa montaña, pero no se escuchaba más que el silencio nocturno y uno que otro viento silbador que por ahí deambulaba.

La señora al calmarse nos contó que junto con su esposo iban a Oaxaca para visitar unos familiares, esa noche su marido se había parado a la orilla del camino, se bajó y se fue detrás de la camioneta para orinar. De repente ella sintió que algo había sacudido la batea de la camioneta, no hizo mucho caso pensando que su marido estaba acomodando algunas cajas de frutas que llevaban, pero pasaron más de cinco minutos y su marido no regresaba. Ella temía que su marido hubiera tropezado con alguna rama y se hubiera lastimado, por lo que bajó de la camioneta, pensando que su marido había tenido un percance, comenzó a gritar el nombre de su esposo cuando de repente escuchó unos gruñidos entre los matorrales, al ver que algo se acercaba decidió meterse a la camioneta pensando que era algún animal de la montaña pues en ese monte habitan jaguares, pumas hasta leoncillos de monte. De repente a un costado de la ventana del pasajero ve a un ser acercarse, era bastante alto, por la obscuridad de la noche no lograba verle la forma, aquel Ente intentaba abrir y sacudía la camioneta con una fuerza desmedida que aquella señora decía sentir que casi volteaba la camioneta. De repente al ver hacia la ventana, ve la cabeza de su marido que colgaba por los cabellos de la mano de aquel ente, ahí fue cuando ella entró en pánico y comenzó a pitar el claxon de la camioneta tratando de ahuyentar a aquel Ente, teniendo la suerte que segundos después pasara con mi autobús, por lo que aquel ser al verme aproximándome con el autobús corrió hacia la profunda espesura del bosque.

Algunos rastros de sangre se veían sobre la lamina de la camioneta. La señora decía que era un oso, pues aquel ente era alto y robusto, aunque en esas montañas para nada hay osos, solo jaguares, pumas, gatos monteses, jabalíes, mapaches, zorros, venados, etc., pero osos solamente de peluche pero esos no caminan. Aquella mujer la subimos al autobús y la llevamos para Oaxaca, durante todo el camino ya no dijo palabra alguna y se veía completamente en shock, de repente solo se le escuchaba murmurar que le regresaran a su marido.

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Las autoridades municipales de aquella región en días siguientes comenzaron una búsqueda para hallar los restos de aquel hombre, solo hallaron un suéter ensangrentado como a 3km del lugar de donde todo había acontecido, aunque aquella mujer comentó que no era de su marido pues esa noche su marido llevaba una chamarra, aquellas autoridades después de varios días de búsqueda no encontraron algo más y dieron por cerrada la búsqueda. Varios pobladores siguen comentando aún esa historia, algunos dicen que fue un jaguar, otros más dicen que fue el nahual de la chinantla, otros más solo lo reducen al monstruo de la montaña.

Por esta historia que nos narró el chofer muchos años atrás, decidí esa noche no caminar hacia el monte para llegar a la carretera y regresarme a la ciudad. Así que esperé al día siguiente para emprender mi regreso a la ciudad de Oaxaca, teniendo suerte de encontrar un ride que me llevó hasta la comunidad de Ixtlán y de ahí tomé otro transporte que me llevó a la ciudad. Hasta la fecha no he regresado a Analco, esperando un día volver y ahora si llegar temprano para disfrutar de aquella carrera de montaña que cada año hacen el 26 de diciembre o mejor aún internarme más adentro de esas montañas para explorarla ¿Quien se apunta? 😉

Aquí les comparto el album de fotos que capturé en aquella aventura:
https://www.facebook.com/phylevn/media_set?set=a.625552887501658&type=3

Historia escrita por Filein Rommel León

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