Redes Sociales
Travesía de montaña: Coatepec – Cofre de Perote(naucampatepetl) – 35km con 3450 metros de ascenso acumulado.
El reloj del templo principal del pueblo mágico de Coatepec en el estado de Veracruz marcaba las 6:30 de la mañana, en el altavoz ubicado al exterior del templo se oía ya las palabras que el párroco emitía desde su recinto en una tradicional misa de gallo, una estampa que aún se conserva en los rincones de nuestro México; el sermón se alcanzaba a escuchar a varias decenas de metros alrededor de aquel templo católico, no sé si alguno de mis compañeros caminantes de montaña era religioso, pero ninguno hizo mención alguna al respecto.
El alba con tonalidad azul-plateado comenzaba a dibujarse entre los árboles del parque central de Coatepec, la penumbra comenzaba a desvanecerse para despedirse y dar luz al antepenúltimo día de invierno. Una hora antes en la ciudad de Xalapa, despertábamos después de haber pasado la noche descansando en la casa de un familiar de uno de los cuatro caminantes, un café muy cargado sería la pócima para desenredar la maraña de sueños que aún habitaban la imaginación.Cuatro caminantes: Gerardo, Juancho, Enrique y Yo, con la mochila cargada de sueños, anhelos, incertidumbre y una ferviente aventura por completar, sin mayor contemplación comenzábamos a dar los primeros pasos desde el centro de Coatepec, en otro momento quizá lo que menos hubiera deseado sería caminar lejos de esa población y si explorar sus adentros, dejándome hipnotizar por el aroma de sus granos de café como si fueran notas musicales que me condujeran inconscientemente hasta un cálido y tradicional lugar donde me esperara una taza servida de aquel negro brebaje. Pero más allá de las casas multicolores, algunas aún de teja y adobe, otras de grandes portones, y unas más con ventanas de hierro forjado, avanzando los pies sobre los caminos empedrados, más allá de ese pueblo mágico que antoja recorrerlo tranquilamente con cámara fotográfica en mano, mucho más allá, se alcanza a ver erguida la gran montaña del Cofre de Perote con su quizá no gran altura de 4,167 msnm, pero que visto desde los 1,160 msnm, luce imponente, como un gran guardián.
Estábamos ya en el camino, no había vuelta atrás, aunque antojaba quedarse a esperar que el tumulto turístico le diera aún más vida y color a aquel pueblo de Coatepec, nombrado así desde tiempos remotos, pues su nombre proviene del Nahuatl Coatl-Serpiente y Tepetl-Cerro, ya que se decía que a mitad de la montaña habitaba una serpiente la cuál cada día bajaba de una cueva en lo alto de la montaña y cruzaba el viejo Coatepec que anteriormente antes de la venida de los españoles se ubicaba kilómetros más al oriente.
A lo lejos, en el horizonte, veíamos la cima del Cofre de Perote, desde ahí lucía lejos, muy lejos; mi mente comenzaba a racionalizar y quizá tal travesía no luciría tan fácil como lo había planeado como cuando estaba sentado frente a la laptop revisando la cartografía en Google Maps, donde había analizado diversas rutas.
Había calculado un trayecto con más de 30km y más de 3,000 metros de ascenso acumulado, en números parecía asequible, pero si algo tiene la montaña, son sus infinitos misterios, por experiencia sé que hasta 1km puede ser tan interminable como fácil de atravesar, y desde el punto inicial donde estábamos desconocía cada tramo que nos esperaría en la aventura. Mi lado izquierdo del cerebro con los cálculos de distancia, tiempo, altura, desnivel, energía, esfuerzo, etc., decía que no sería fácil, pero mi lado derecho cerebral con solo pensar en los paisajes, en el sonido de los ríos, el canto de los pájaros, las caricias del viento y la emoción al dar cada paso rumbo a la montaña me decía que lo intentáramos, que era posible.
Pocas rutas son tan demandantes físicamente como la que teníamos frente a nosotros, las rutas turística de las montañas más alta de México como por ejemplo la Iztaccíhuatl son apenas 6.5km hasta su cumbre con 1,270 metros de desnivel; el Pico de Orizaba son poco más de 1,000 metros de desnivel en 2km desde el refugio de la cara sur; el Nevado de Toluca no son más de 500 metros de desnivel desde la segunda pluma de las lagunas hasta el pico del fraile y el Cofre de Perote, montaña a donde íbamos esta vez, la ruta turística que comienza desde el poblado de Conejos, son menos de 8km con 800 metros de desnivel.

No había “plan B”, el plan sería unir caminos que se nos atravesaran desde Coatepec hasta la Cima del Cofre de Perote, atravesando rancherías, arroyos, ríos, aristas, vertientes, cañadas, bosques y el último tramo de roca y arenal para llegar a la cima. El plan sería llegar hasta la cima donde más abajo nos esperaría un transporte que nos bajaría después de completar la aventura, dependiendo de las condiciones del tiempo habría que bajar a Conejos, del otro lado de la montaña, para no arriesgar a Jorge y a mi hermana, quienes subirían por nosotros o nos esperarían en Conejos en caso que las condiciones climáticas fueran adversas. Días previos había monitoreado el clima en la montaña, lucía positivo el pronóstico, si acaso ligera lluvia a partir de las 5pm estando sobre los 4000 msnm.

En mi mochila llevaba solo lo básico para evitar cargar de más, pues sería un largo trayecto y ascenso; La comida e hidratación consistió en 4.5 lts de hidratación entre jugo de piña, jugo de manzana, una pepsi y sobres de Tang para hacer agua de sabor con el agua de los ríos de la montaña en caso de ser necesario; comida en sobres de atún con arroz preparado, 1 paquete de salami, cacahuates y tres snickers para tener reservas de energía; para el frío llevaba en la mochila un pantalón de tormenta, chamarra, gorro, bufanda, guantes y una sudadera. Equipo de seguridad 1 casco, 1 impermeable térmico, encendedor, lámparas y vendas; y el equipo electrónico consistía en un celular con GPS con el mapa de la zona, una cámara reflex para capturar cada momento y una batería externa con soporte de hasta tres recargas de batería para el celular. Todo sumaba en la mochila poco más de 10 kilos, un peso en cierta forma ligero para todo lo que nos esperaba.

El andar comenzó tranquilo, los primeros 2km atravesando las calles empedradas desde el centro de Coatepec hasta entrar a la zona cafetalera. Eran menos de las 7 a.m., las calles aún lucían vacías, solo algunas personas asomaban desde la puerta de sus casas para tomar los primeros respiros de aire puro. El sol comenzaba a desfilar sus hilos de luz sobre las cimas de las montañas. Cada paso nos permitía adentrarnos a aquel México donde la cotidianidad está alejado del estrepitoso ruido de motores y luces de neón pero musicalizado por el multi diverso canto de los pájaros y el monótono pero relajante sonido del río. Aún los tejados lucían serenos, pero seguro que minutos más tarde comenzaría a salir humo de cada casa, desprendiendo un aroma a café que hierve sobre una jarra y quizá unos huevos criollos cocinados al sartén o sobre un comal
.Los primeros seis kilómetros avanzábamos por un camino que entre fincas cafetaleras nos despedía del pueblo de Coatepec, la pendiente era imperceptible después de ese andar con apenas 100 metros de desnivel que habíamos logrado. La última propiedad, una finca cafetalera con un puma de bronce sobre su puerta principal, nos despedía antes que a la vuelta del camino comenzáramos la casi eterna subida hasta la cima.
El camino había sido fácil hasta ahí, pero no mis pasos, unos tenis para trail running que llevaba comenzaban a jugarme mala pasada, poco a poco cada paso comenzaba a lastimarme el talón hasta ya no aguantar por una herida que me habían provocado por la fricción; Gerardo, no dudó en sacar una cinta curativa y eso me ayudó a cubrir la herida provocada por el calzado y disminuir la fricción. Me arrepentía de haber llevado tales tenis, pero considerando que pudiera haber nieve en la cima, los llevaba por su excelente agarre en terrenos resbalosos, los cuales ya había usado un par de veces para ascender a la Izta y en algunas carreras de montaña.
Un último escenario nos despedía del camino fácil, el cauce de un río que desciende de la montaña, nos daba con sus gotas salpicadas, la bienvenida a la montaña para la travesía que nos esperaba.
Un cielo despejado y el viento apaciguado hacían un amanecer muy agradable, pero aún más la energía que se desprendía en cada uno de los que ahí estábamos ofrendando sudor y pasión a la montaña; esa energía de cada uno de los caminantes, generaba una sinergia que parecía caminábamos al unísono y era realmente motivante percibir el compromiso que cada quien ofrecía en esta aventura, cuatro caminantes que hacían esto no por una foto en la cumbre, si no por adentrarse a las raíces de la montaña, volverse parte de ella a pesar de todo el esfuerzo que requería, para caminarla en sentido contrario de las gotas de agua que descienden de la montaña.
La pendiente comenzaba, los rayos de luz partían los caminos en friosoles que se dibujaban entre los bipolares matices de sombras y luces de la montaña.

El verde de la naturaleza estaba en cualquier punto que dirigíamos la vista, entre helechos que parecían prehistóricos o árboles de todo tipo que mi ignorancia no es capaz de definir. Un cielo azul en el cual desde lo alto la media luna claramente mostraba su enigmático rostro, que a la distancia era sublime tener tal vista, que parecía custodiada por un halcón que sobrevolaba, con ese silbido característico de un ave audaz mientras planeaba con toda paz.

El agua no paraba de brotar de la montaña, parecía se desprendía de las rocas, increíble poder palpar aquel círculo de vida.

Un rato después de haber comenzado el ascenso y adentrarnos hacia la eterna subida de la montaña, decidimos detener el andar para hablarle a la montaña, desde ahí saludarla y pedir permiso a sus guardianes, para anunciar nuestra visita; ofrendamos agua y un poco de lo que llevábamos de comida, mientras le platicábamos del porqué estábamos ahí. No hay coincidencias en la montaña, y justo en el lugar donde nos presentamos, sin darnos cuenta previamente, había una cruz a un costado del camino, parecía que la montaña sabía exactamente en donde detenernos para escucharnos, pues en esa curva del camino despedíamos la vista de Coatepec y miraríamos nuestro destino. Basta detenerse un instante para escuchar la sabiduría de la montaña, pues sus millones de año la mantienen en quietud, a pesar de los exabruptos del frágil humano, pues ella sabe, que al final los que estamos de paso en este planeta somos nosotros, y ella seguirá ahí hasta el final de los tiempos.
Puedo asegurar que más de uno sintió la magia y la energía de la tierra que se extendía a través de nuestro cuerpo como si fueran las mismas raíces de la montaña que se expandían a través de nosotros. Al alzar la mirada, veo la alegría de los árboles, con sus hojas verdes que parecía sonreían, nos hacían sentir como si fuéramos ya parte de esa naturaleza.
La subida no se percibía tan agotadora, nuestros músculos aún frescos, nos hacían caminar a buen ritmo; Gerardo, mostraba gran ímpetu y su andar apresurado hacía notar su buena condición física; yo prefería mantener un ritmo tranquilo, pues el camino era largo y la pendiente sería interminable, prefería no acelerar los pasos y mantener energía para los últimos tramos. Es sabido que el uso de los bastones aminoran el esfuerzo físico en las pendientes, tenía contemplado usar bastones para esta larga travesía, pero había decidido no usarlos hasta que el cuerpo sin indulgencia me los pidiera y por lo mientras prefería acostumbrar a mis piernas a dar lo mejor de si en esta aventura.
Entre senderos y subidas, íbamos palpando el cambio del terreno, desde tierra fértil, húmeda, rocosa, hasta tepetate; el sol comenzaba a centellar entre los árboles y a colorear el paisaje, paso a paso ascendíamos, solo nos deteníamos por instantes para admirar el hermoso paisaje que se extendía ante nosotros. Así fue hasta llegar a la penillanura, donde al voltear hacia el sur, entre las verdes montañas se alcanzaba a ver el gran coloso de México, el Citláltepetl, engalanado de blanco en su cumbre, donde sus 5636 msnm no pasan desapercibido entre el fantástico paisaje que nos rodeaba. Las fotos no se hicieron esperar y la contemplación menos, imaginando lo que será caminar de raíz a raíz atravesando su cumbre de norte a sur, empezando desde miles de metro más abajo y terminando igual en los pies de sus raíces, pero la realidad volvió de inmediato, que olvidé al instante, recordando que estaba en el camino de otra aventura y aún no sabía lo que me esperaba, ni siquiera sabía si iba a poder lograr acercarme a lo que teníamos como destino.
Ese transitar por las llanuras fue apaciguador, del otro lado de la montaña, se alcanzaba a ver la cascada “Granada”; en el camino no se veían más huellas que las herraduras de los caballos que suben cada día a cada una de las rancherías, me siguen sorprendiendo los cartílagos de los caballos para poder soportar tales caminos con peso, resbalones y “calzando” una herradura de fierro que quizá le restaría agarre en caminos resbalosos; el camino real lucía poco transitado, aunque bien cuidado, pues al parecer al ser zonas agrícolas, lo mantienen en correcto estado para el transporte de los productos que ahí se cosechan; el trazo de las veredas presentan cierta ingeniería con canaletas que desvían el agua para evitar el deslave de los senderos.
Apenas llevábamos 500 metros de desnivel y poco más de 10km de camino, eran cerca de las 9 de la mañana. Aún faltaban por ascender más de 2,500 metros de desnivel y muchos kilómetros por caminar, pero parecía que era buena hora, por lo que la preocupación aún no atravesaba el presente.
Los segundos al igual que los pasos transcurrían imperceptiblemente, sumando minutos y metros, acumulando horas y kilómetros, solo en la imaginación quedaba impregnada la esencia de cada andar, del suelo, de los paisajes idílicos de la montaña, del horizonte campirano, de las hojas, de los insectos que asomaban, del viento que ambulaba contando historias. No todo era subida, al caminar sobre la arista de la montaña, entre la unión de las vertientes había que bajar y luego subir; una de ellas de terreno pantanoso por el tepetate, que los pies se hundían y parecía que nos sembrábamos en aquella tierra, pues el fangoso tepetate llegaba hasta arriba de la espinilla.
Nuestro caminar no pasaba desapercibido para las miradas de las personas, los caballos, las vacas, sus becerros, las gallinas, los borregos y los perros que estaban en cada una de las rancherías que pasábamos. El cielo comenzaba a nublarse, aquel cielo azul comenzaba a cobijarse de blanco a media mañana, la luna ya no se veía al alzar la mirada; era ya media mañana, esperaba que cada paso en ascenso poco a poco nos llevara a ganar más altitud. Enrique me preguntaba que si podíamos detenernos para comer algo, eran 10:30 a.m., le comenté que a 2Km de distancia y 250 metros de ascenso más adelante estaba la bifurcación de la ruta que caminábamos, ahí tomaríamos otra vereda y sería ahí donde pararíamos para comer algo. Al comenzar el andar no habíamos ingerido más que un café y un pan, por lo que ya todos teníamos hambre, pero Enrique en especial tenía más, ya que su metabolismo es más acelerado y necesita ingerir alimentos para evitar una descompensación, se le notaba esa falta de energía, pues disminuía el ritmo de su andar.
Ese lapso de ascenso como todo el recorrido, fue gratificante, esos paisajes pintorescos que bien podrían ser parte de una de las pinturas de José María Velasco, se dibujaban ante nuestros ojos, el gris de la madera húmeda con la que está construida lo que a lo lejos parecía una troje, con el verde vida de las llanuras, el blanco de la yegua, el verde bosque, animaban a parar un instante y captar ese paisaje a través del lente.
Durante un instante paro la mente y vuelvo la imaginación a tiempos remotos prehispánicos, imaginando a nuestros ancestros totonacas que vivían en esas zonas cultivando aquellas tierras de las montañas veracruzanas.
Al ver la ruta en el mapa, veo que ya estábamos en la intersección de la vereda a seguir, la ruta que habíamos seguido y dejaríamos comenzaba a dar vuelta a la montaña a través de un arroyo y de ahí volvería a a descender hacia Coatepec. Eran ya poco más de las once de la mañana, había que buscar un espacio donde detenernos para ahí nutrir de alimentos nuestro cuerpo. Un trago de jugo de piña fue reconfortante para la sed, al igual que unos trozos de salami y el atún con arroz empaquetado fue un excelente alimento. Después de media hora de disfrute culinario procesado comenzábamos a alistar la mochila para reanudar el camino.
El ardor en la herida generada por los tenis en el talón no paraba, literalmente era mi “talón de aquiles”. Hice todo lo posible para disminuir el roce y poder continuar con el trayecto.
Comenzaba a preocuparme, pues tenía en mente que al llegar a esa intersección del camino estaríamos a 3,400 msnm, pero al revisar el mapa apenas estábamos a 2,300 msnm, era ya más de medio día y faltaban más de 1,800 metros de desnivel, muchos kilómetros por caminar y ni idea de lo que nos esperaba.
No tenía “Plan B”, pero comenzaba a trabajar en ello, en caso que el clima o el tiempo nos complicaran la aventura.
A pesar que no íbamos tan avanzados, eso no nos detenía para seguir contemplando los paradisíacos lugares, ni dejar de tomarnos las fotos en aquellos parajes, haberlos dejado solo en la memoria sería un arrepentimiento para toda la vida. Un río, unos troncos y unas piedras, fueron el escenario para toda una sesión de fotos de cada uno.
El ascenso continuó a través de un camino donde solo se podía ir uno tras otro, a veces bordeando los caminos entre montículos de tierra por lo resbaloso de las veredas, la pendiente era más pronunciada y la vegetación cambiaba, los pinos comenzaban a dominar, sus hojas, las acículas secas tupían el camino como una alfombra café-naranja y sus ramas cubrían completamente el entorno. El camino seguía y por un instante tomamos uno diferente, que nos condujo lo que a lo lejos parecía un hermoso andar, pues flores multicolores se divisaban alrededor del camino, esto en cierta forma me hizo dudar, efectivamente nos habíamos desviado unos cuantos metros del camino a seguir, el perro que resguardaba aquella ranchería nos lo confirmó con sus ladridos, por lo que atravesando en vertical unos metros la montaña corregimos el andar para dar con la ruta.
El deleite no solo era visual, también auditivo, pues al caminar sobre la arista, en ambos costados, a lo lejos, entre las cañadas y las caídas de la montaña, se oían las estrepitosas caídas de agua, que quizá desembocaban en cascadas, lo que provocaba ese radiante sonido de agua.
Aquella vereda conectaba con diversas rancherías, las cuáles por su marginación el único medio de tener electricidad es a través de paneles solares, por lo que era común ver en cada rancho un panel solar que seguro alcanzaba para encender algunos focos y uno que otro electrodoméstico.
Entre ranchería y ranchería habían cercas y trancas, las cuales había que abrir y cerrar o saltar; estas no estaban para limitar el paso humano, si no para evitar que el ganado pasara a otros terrenos. Una plática con un señor que abonaba su milpa, sirvió para rejuvenecer el aliento cansado y compartir palabras con aquella persona que ama la montaña de igual manera que nosotros pero que vive el campo de diferente manera en su día a día.
Poco a poco aquel pinal comenzaba a ser menos denso, la tala hormiga con el paso del tiempo hacía notar el desvanecimiento del bosque. Cortezas de árboles hacinadas a un costado de la vereda; poco a poco la vereda se convertía en brecha, misma brecha que permitía la explotación del bosque y claramente denotado por las huellas de las llantas de las camionetas que se dejaban ver en las brechas.
Después de ese ascenso paramos a hidratarnos, el cuerpo necesitaba líquidos, era casi la 1:00 p.m., desactivé el modo avión en el celular y con sorpresa noté que tenía señal de Movistar, no dudé en comunicarme con mi hermana vía SMS, informándole de nuestras coordenadas. Estábamos a 2,700 msnm.
La pendiente disminuyó y el transitar a lo largo de tres kilómetros fue de apenas 200 metros de desnivel. Durante ese trayecto, pudimos encontrarnos con personas que venían de expender sus productos en un pueblo vecino y de las 4 mulas que llevaban dos regresaban sin carga, una cargando a un niño y otra cargando tomates, maíz y otros víveres que pudieron haber alcanzado a comprar con el dinero que lograron juntar con lo que vendieron, al encontrarlos lo primero que hice fue sonreír y saludarlos, mi intención fue mostrar un rostro amigable, pues al no conocer a la gente de ahí, temía en cierta forma un comportamiento hostil, pues éramos extraños en sus terrenos, afortunadamente no fue así, y la cordialidad de las personas era notable, que no dudaron en saber que nos dirigíamos al Cofre del Perote, quizá por nuestras fachas montañistas. Nos comentaron que de ahí al Cofre de Perote eran solo dos horas, referencia de la cuál dudé mucho.
En cada intersección de caminos que encontraba, revisaba la ruta para evitar tomar un camino incorrecto, así fue hasta llegar a un punto donde se suponía tendríamos que encontrar una carretera asfaltada. Una señora que bajaba de la montaña con su nieta, nos indicó un camino a seguir.
Unos pasos habíamos dado sobre la vereda, cuando escuchamos el ruido de un animal, era una mula que bajaba con un cargamento, al saludar a la persona que arriaba aquel animal, nos sorprendió repentinamente preguntándonos si comprábamos paletas de hielo, nos quedamos con cara de ¿Es en serio? a mitad de la montaña, en una vereda fangosa, con ligera llovizna, con una temperatura entre 10-12 grados, a casi 3000 sobre el nivel mar, en medio de la nada ¿Encontrar a alguien vendiendo paletas? fue lo que menos hubiera pasado por mi mente en ese momento, pero entre la sorpresa, le dije que si, pregunté a como las daba y pedí 5 paletas, 4 para nosotros y otra para una persona que en ese momento subía también la vereda. Fue algo surrealista, encontrar al abominable hombre de las nieves, aunque en ese momento más que abominable fue muy grato: el surrealismo mágico de la montaña. Un compañero decía ¡Júrame que ese hombre era real!. Aquel hombre de las nieves, por lo que nos comentó, se dirigía hacia Coatepec, un kilómetro más adelante dejaría la mula que le prestaron en una ranchería ubicada más abajo y ahí en un cruce de brechas esperaría una camioneta que baja cada domingo de un pueblo donde se realiza un tianguis para llevarlo hasta Coatepec.

Sorpresa fue también ver al señor que nos alcanzaba y seguía la misma vereda, vestido con chamarra de piel, pantalones vaqueros, botas de tacón y muy perfumado, por lo apresurado de su andar no hubiera dudado que asistía al encuentro de su amada.

Al llegar a la carretera, observé el mapa, la idea original era seguir la carretera pavimentada hasta llegar al poblado de Tembladeras, pero revisando el mapa noté que sería más vuelta, por lo que sería más adecuado atravesar la ranchería “Los Morales” que se mostraba en el mapa. Al cruzar la carretera y continuar sobre la terracería, pudimos notar que habían plásticos de colores colgando entre los árboles adornando el camino, señal que en días anteriores o próximos habría festividad en el poblado o ranchería, la sorpresa fue que al avanzar, pudimos notar varias camionetas estacionadas, lo que nos indicó que quizá ese día había fiesta en aquel lugar, después de bajar y luego subir por la terracería llegamos a la ranchería “Los Morales”, había mucha gente y al parecer había carrera de caballos, pues los relinchidos de los corceles se oían entre el tumulto.

Anuncio
Nos detuvimos apenas un instante, para observar lo que ahí se llevaba acabo, los pantalones vaqueros, chamarras de piel y sombrero eran el outfit general de los hombres del lugar, las únicas mujeres que se veían se encontraban vendiendo comida o bebidas. A un costado de todo el tumulto estaba un hombre repartiendo aguardiente a los ahí presentes, mientras otro señor se nos acercaba para preguntarnos si íbamos para el Cofre, nos indicó que aún había nieve en la cima y que tuviéramos cuidado con la cueva del diablo, pues hay murciélagos y culebras negras. Aunque me hubiera encantado quedarme más tiempo para ver la carrera de caballos, decidimos continuar, pues apenas estábamos a 2,900 msnm, eran casi las 2 de la tarde y aún faltaba mucho por andar.
Al caminar en aquel pequeño poblado, la mayor parte de las casas estaban hechas de madera, lo que daba un interesante contraste al paisaje en ese momento, con la niebla, las casas de tono gris y el verde de la montaña; viendo el mapa notaba que tendríamos que seguir un tramo de terracería por el cuál encontramos a varias camionetas cargadas con personas que se dirigían al poblado que habíamos pasado, esa tarde noche parecía que la fiesta en aquel poblado se pondría mejor.
Seguimos caminando por la carretera de terracería con destino al pueblo de Tembladeras, así lo hicimos hasta llegar a un cruce, donde decidimos continuar hacia el sur. Al ver que aquel camino comenzaba a descender, revisé el mapa y vi que era más factible regresar 1 km atrás y tomar la otra dirección de la carretera para llegar al pueblo de Tembladeras y desde ahí seguir una vereda que sube directamente hasta el Cofre de Perote. Solo que ya habíamos bajado un kilómetro, por lo que revisé el mapa, y pude ver que más adelante habría posibilidad de cortar camino hacia Tembladeras subiendo por una vertiente; les propuse esto a los compañeros caminantes, aunque ellos preferían ir a la segura y regresar, aunque eso nos tomara caminar más de dos kilómetros, pero confiaron en mi y decidieron arriesgarse a seguir caminando 500 metros más para encontrar donde podríamos cortar camino. Al llegar al lugar donde supuestamente podíamos cortar camino, vimos unas escaleras de concreto, eso nos animó que hasta bromeamos, pensando que esas escaleras nos conducirían hasta Tembladeras, pero al llegar ahí, esas escaleras solo conducían hasta el altar de una virgen de Guadalupe ubicado en una curva a mitad de la montaña; una peña dividía la montaña y al explorar no encontré la ruta directa, al comentarles esto a los compañeros, noté que había cierta decepción, pues ahora había que caminar tres kilómetros más de regreso para dirigirnos a Tembladeras, pero algo me decía que ahí tenía que haber una vereda hacia Tembladeras, por lo que buscando pude hallar la vereda, mis compañeros desconfiaban, el guía era yo y no tenían opción. Esa vereda subía prácticamente en vertical y había que agarrarse de las piedras y raíces para poder subirla, fueron 120 metros de desnivel en apenas 300 metros. Los compañeros ya tenían hambre, eran casi las 3 de la tarde, antes de encontrar aquella vereda les había prometido que en Tembladeras comeríamos.
Una niebla nos recibía al encontrar la primera casa del poblado, atravesamos un camino por un sembradío para llegar a la calle principal del pueblo. Ahí les sugerí a los compañeros que en vez de comer lo que llevábamos en nuestras mochilas, buscáramos un lugar donde vendieran comida, pues sería más gratificante comer unos frijoles de olla, unos huevos estrellados criollos y unas tortillas recién hechas en el comal, todos asintieron y preguntamos a varias personas, pero por lo visto en aquel lugar no había un lugar donde vendieran comida; al preguntarle a un niño que montaba su caballo, se quedó por un instante pensando, indicándonos un camino pero en seguida nos dijo que lo siguiéramos. Avanzamos sobre las calles de aquel poblado, la niebla hacía parecer fantasmagórico aquel lugar. El niño nos condujo hasta donde un hombre, detrás de una caseta de madera, freía carne, le dimos las gracias a aquel niño por la guiada, al preguntarle al hombre avecindado en Tembladeras sobre lo que vendía para comer, nos respondió que solo tacos y tortas al pastor. Caray, no podía pedir más a 3,070 msnm, con una temperatura de 12 grados, después de muchos kilómetros caminados, con hambre y sed. Si, hubiera catafixiado los tacos por esos huevos criollos y frijoles, pero unos tacos al pastor en esas condiciones de aventura, por supuesto que también eran una gran fortuna. Todos pedimos una torta al pastor, yo pedí otra más para llevar. Mientras estábamos ahí esperando, me llega un SMS, era un mensaje de mi hermana diciéndome que estaba ya en Conejos y se disponía subir al Cofre de Perote para esperarnos ahí, me comentaba que del otro lado de la montaña había buenas condiciones climáticas y era factible que nos esperaran en la cumbre, le contesté el mensaje indicándoles nuestra posición y la hora en que continuaríamos nuestro recorrido. Los niños que acompañaban al señor de los tacos, nos miraban con curiosidad, y se escondían cada vez que enfocaba la cámara, sus rostros lucían quemados por el intenso frío de aquella zona. El cielo estaba ya a esa hora completamente nublado.
Minutos antes unas personas en la calle nos habían dicho que no nos dejarían subir a la montaña, pues protección civil ya había dado marcha atrás a personas de Xalapa que habían intentado subir al Cofre de Perote, por que allá arriba estaba cayendo aguanieve. Al escuchar eso, sentí cierta decepción, pues sentía que todo el trajinar andado había sido en vano, pero nuestra experiencia en alta montaña nos podía ayudar sumando que llevábamos el equipo de seguridad adecuado para aquellos cambios climáticos severos.
Al estar esperando los tacos, le preguntamos al taquero si era cierto que no dejaban subir, nos comentó que si había protección civil, pero por el lado de Conejos, más abajo la carretera a una hora y media caminando se llega al poblado de Conejos, comentándonos que subiendo por la vereda de Tembladeras no encontraríamos a nadie que nos lo evitara. Para acompañar las tortas, el taquero nos pasó unas pepsis que no necesitaban estar en un congelador, nos comentó que ahí en Tembladeras pasa un autobús a las 8.30 a.m. que sale de Xalapa a las 5:30 a.m. con destino a Perote y a las 4:30 p.m. pasa un autobús que viene de Perote con destino hacia Xalapa. Valiosa información por si en algún momento deseáramos hacer una travesía colectiva para compartirles en algún momento a otros compañeros esta fantástica ruta.
Eran las 4.00 p.m., aquellas tortas habían sido un manjar, que fueron devoradas rápidamente. Haciendo caravana con sombrero ajeno, le pedí a Enrique unos chocolates para dárselos a los niños. Había aprovechado ese rato para cargar mi celular con la batería externa y había alcanzado un 70% de batería, lo suficiente para seguirnos guiando con el mapa del GPS hasta la cima.
Comenzamos a subir con destino al Cofre de Perote, a partir del pueblo de Tembladeras sería montaña pura hasta la cima. Era un camino de lo que en algún momento pudo haber sido un río, pues las piedras grandes de graba que atravesaban aquel río así nos lo asemejaban. Quizá en tiempos remotos fue un arroyo, o solo un deslave, no sé. Un paisaje poco común que valía la pena retratar. Estábamos ya a 3,100 msnm, 1,000 metros de desnivel nos separaban de la cumbre, eran las 4:00 p.m., me tranquilizaba saber que encontraríamos el apoyo de transporte allá en la cima para el descenso, por lo que no me preocupaba ya mucho la hora. Algunas gotas comenzaban a dejarse caer, pero solo fue momentáneo, aunque si pensé que la llovizna y el agua nieve nos alcanzaría más arriba de la montaña.
Previamente una señor aque bajaba de darle de comer a sus marranos, nos indicaba una ruta a seguir, mencionándonos que siguiéramos derecho hasta el cofre, aunque aquel camino que la señora nos dijo siguiéramos directo, se encontraba con muchas otras veredas, por lo que había que hacer quiebres para poder avanzar. Por la espesa niebla el GPS del celular llegó a perder la señal, por lo que a través de la niebla tuvimos que guiarnos como pudimos, pues habían muchos senderos; mientras estaba ahí cavilando que ruta seguir, recibo una llamada de mi hermana, indicándonos que estaban ya en la cima del Cofre de Perote, estaban ahí ya esperándonos; eran las 4:30 de la tarde, momentáneamente perdidos y aún lejos de las proximidades de la cima del Cofre de Perote. Decidí regresar a una vereda que lucía marcada, pasos más adelante unas piedras que los montañistas conocen como hitos nos indicaban que era el camino correcto hacia la cumbre, los famosos patos nos indicaban el camino a seguir. La pendiente era pronunciada, la digestión comenzaba a pegarme y ahí decidí usar el bastón, necesitaba un apoyo para poder continuar y sortear aquella pendiente que comenzaba a erguirse más. El bastón fue de gran ayuda para subir esa montaña. Poco a poco íbamos ganando más altura. Minutos más tarde Enrique me indica que entre la niebla ya comenzaba apenas a verse el azulado del cielo.
El taquero nos lo había confirmado antes, cerca de las 5 p.m. era común que todas las tardes comenzara a despejarse el cielo. Al voltear la mirada hacia el horizonte, entre los pinos de aquella pendiente, se alcanzaba a ver entre la niebla el mar de nubes abajo de la montaña.
El mapa indicaba que más arriba se encontraba un refugio, arriba de los 3,500 msnm. Efectivamente así fue, poco más de las 5 de la tarde estábamos en aquel refugio de madera, en poco más de una hora habíamos subido 400 metros de desnivel y eso nos hacía pensar que tomaríamos a lo mucho un par de horas para llegar a la cima del Cofre de Perote. Ahí tomamos un respiro, algunas fotos no se hicieron esperar. Después de 20 minutos y satisfacer necesidades primarias del intestino continuamos el camino.
El ánimo de los caminantes iba al tope, nadie mostraba señales de cansancio, todo parecía viento en popa. Media hora más tarde estábamos sobre los 3,640 msnm, el mar de nubes se extendía a lo largo del horizonte como olas blancas esparciéndose al ritmo del viento.

Un momento como para dejar vagar la mirada y permitirle perderse en ese rato de ensoñación. Eran ya poco más de las 6 de la tarde, 500 metros de desnivel nos esperaban, no parecía ser mucho y quizá nos tomaría una hora lograrlo.

Seguimos caminando y al voltear la arista, alzando la vista se alcanzaba a ver una peña, Enrique emocionado grita “El Cofre de Perote” ¡¡¡Chicahuac!!! ¡¡¡Ya casi llegamos!!!, si, lucía muy cerca, pero ni tan cerca ni tampoco era el Cofre de Perote, pues es sabido que en la cima del Cofre de Perote hay antenas de comunicaciones. Eso me hizo imaginar que había que bordear esa peña y tras esa peña estaría el Cofre de Perote, pero al caminar unos metros más, la arista de la montaña que pasábamos ya nos dejó mostrar la cumbre del Cofre de Perote, lucía imponente, más con las antenas sembradas en su cima. Eso nos daba ánimos, en apariencia ya no estábamos tan lejos, pero si algo tienen las montañas es que a diferencia de los retrovisores de los autos “el objeto visto está más alejado de lo que parece”.

3 kilómetros y 500 metros de desnivel nos esperaban, calculaba a lo mucho una hora de camino. Estaba ya en calma, la ansiedad por no tener un “plan b” me tranquilizaba. Ahora solo había que seguir lo que en el mapa indicaba una vereda hasta la cima. Metros más adelante veo que la ruta seguía bordeando la montaña, pero también había otro camino más claramente marcado que subía en caracol. Los compañeros me dijeron que siguiéramos el camino del caracol pues lucía más cómodo, pero no teniendo esa ruta en el mapa, les indiqué que nos fuéramos por lo seguro y no improvisar ante lo que no conocíamos, pues no sabía hacia donde nos llevaría ese camino, no tenía información satelital en mi GPS que pudiera darme más información sobre ese camino y el punto donde estábamos, quizás ese camino si nos hubiera llevado, pero por experiencia es mejor no seguir caminos desconocidos, menos a esas horas y a esa altura de la montaña.
El camino a seguir comenzaba a descender por la ladera de la montaña, bajando entre rocas de ligera desescalada. Noté que un compañero no le había parecido aquella decisión y se mostraba molesto, decía que habíamos bajado ya mucho, pero apenas habían sido 20 metros de desnivel, tal molestia al parecer era producto del mal de montaña, pues lucía desorientado. Gerardo no había realizado entrenamientos con nosotros, y aunque goza de excelente condición física, la falta de entrenamiento en altura comenzaba a hacerle estragos, pues durante el andar en la media montaña que habíamos subido lo hizo a buen paso y mostraba excelente condición física siempre manteniendo la punta, pero la altitud comenzaba a pasarle factura de la falta de costumbre en altura superior a los 3,500 msnm. Las travesías de media y alta montaña requieren cierto entrenamiento y condición física, por lo que no había aceptado en esta aventura a quien no había completado al menos dos caminatas de entrenamiento con nosotros, pero Gerardo un compañero con quien había compartido rutas en el Pico de Orizaba e Iztaccíhuatl, sabía que tenía buena condición física por la cantidad de kilómetros que corre entre semana, por lo que hice la excepción y lo sumé a la aventura. Entre pastizales de montaña subimos para encontrar el sendero, poco a poco Gerardo iba quedándose atrás; Juancho desde un inicio mantenía un paso constante y no mostraba señal alguna de fatiga, siempre manteniendo la calma y esa energía positiva;
Enrique con los alimentos ingeridos había recuperado la fuerza y no mostraba cansancio. El ascenso comenzaba a ser lento, hasta que llegamos al “refugio vertical”, a 3750 msnm, al pie de una de las peñas del Cofre de Perote. 100 metros de desnivel y 1 kilómetro nos habían tomado casi 40 minutos, íbamos algo lentos. La noche comenzaba a apoderarse del momento, la sombra de la peña dibujaba su figura, el cielo estrellado nos decía que no llovería, el frío aunque no era mucho, había sido buena idea llevar debajo de la bermuda una malla térmica. Antes de llegar al refugio vertical, mientras esperaba al compañero, enfoqué con la cámara lo que parecía ser una cueva. El mapa me indicaba que había que subir en diagonal por la ladera de la peña, y luego subir por la vertiente hasta el Cofre de Perote. Así fue el andar. Los compañeros me preguntaban si íbamos bien, la noche, el frío, el tiempo, el largo recorrido, la altura, la inmensidad de la noche, las estrellas, y la imponente peña quizá hacían preocupar a los compañeros. Recibía unos mensajes de SMS de mi hermana, pero al tratar de comunicarme con ella no tenía respuesta, afortunadamente tenía buena señal del celular, incluso datos, que por Whatsapp le mandaba mi ubicación para que no desesperara.
La noche nos había alcanzado, eran ya las 7:20 p.m. parábamos para hidratarnos, el andar del compañero Gerardo era lento, al parecer la altura le estaba jugando una mala pasada, aprovechamos para sacar las lámparas, pues la luna no se dejaba ver en ese momento lo que hacía más intensa la penumbra, aunque al voltear al cielo, el regalo al ver esas miles de estrellas era gratificante. Las lámparas ayudaban para ver donde poníamos los pasos, pero poco ayudaban para identificar la vereda, pues esta se perdía entre los arbustos y las rocas. Así fue ir paso a paso buscando entre la penumbra y la luz del led de la lámpara la ruta hacia la cumbre. Poco a poco fuimos dejando los árboles y arbustos, para adentrarnos al arenal y las rocas, era menos visible el camino, entre la noche no teníamos mucha referencia visible y las lámparas no iluminaban más allá de un par de metros. Mentiría si dijera que aquel macizo de la montaña no era imponente, la silueta dibujada entre la obscuridad de aquella peña enorme del Cofre de Perote intimidaba, evocaba cierto misterio y hasta miedo. Por un momento perdí el sendero y seguía en dirección de un desfiladero.
La espesa noche hacía imposible ubicarse y encontrar una referencia hacia donde avanzar, en ese momento el GPS fue la guía para darnos una idea de donde estábamos, ubicarnos y encontrar el sendero de ascenso. Había que trepar por una peña para subir y encontrar el camino, eso me preocupó pensando que quizá ahí comenzaría una escalada por el filo de una peña, sería peligroso hacerlo a obscuras, pero no había opción, era hacerlo o quedarse ahí; afortunadamente después de 5 metros trepando entre la roca, la ruta seguía por un camino menos escarpado. Estábamos ya a 4,100 msnm, faltaban ascender 67 metros para llegar a la cumbre. Aunque en ese momento no tenía la menor idea de como llegar a la cumbre, entre la obscuridad solo veía las antenas sobre la cima, pero no veía las luces de las instalaciones del cofre de Perote.
En ese momento al desconocer completamente esa montaña, me preguntaba si habría necesidad de escalar hacia la cima, o si había que pasar un túnel para llegar al otro lado de la montaña, me preguntaba si había que atravesar alguna cueva pasando entre murciélagos y culebras, recordando la referencia del señor del poblado de “Los Morales”, por mi mente pasaban muchas cosas, pues en plena obscuridad poco se podía observar, solo sabía que faltaban 67 metros de ascenso y según el mapa estábamos a 250 metros de distancia de la cumbre. Enrique y Juancho venían atrás acompañaban el paso de Gerardo, compartiendo su energía para ayudarlo en cada avance de ese último tramo. Yo me adelantaba para tratar de encontrar la ruta entre la obscuridad y con mi lámpara iba guiando a los compañeros que ascendían lentamente para indicarles la ruta a seguir. No se me ocurría nada para darle ánimos al compañero, solo alcancé a decirle que imaginara que aquellos últimos pasos eran un poema, sabiendo que la poesía es una de las aficiones del compañero.
Al ver que se aproximaban, comencé a subir por un arenal entre piedras y lajas, teniendo cuidado de no pisar alguna roca que pudiera rodar hacia los compañeros. Entre la obscuridad, pude alcanzar a ver a unos metros lo que parecía una forma rectangular, al parecer a 10 metros se encontraba ya una construcción, no sabía que era, si un refugio en este lado de la montaña o pensando positivamente quizá el inicio de las instalaciones ubicadas en el Cofre de Perote. Seguí caminando hasta que pude llegar a aquel lugar, al pasar por la puerta pude ver las luces de las instalaciones que hay en el cofre de perote, lo que me emocionó, pues había sido más fácil poder llegar de lo que imaginé, no había que escalar peñas, atravesar túneles, meterse a cuevas o seguir a través de caminos complicados, caminé unos pasos más hasta ver las luces de las poblaciones del otro lado de la montaña.

Rápidamente regresé y comencé a bajar hacia el lado donde venían los compañeros, comencé a gritarles que ya habíamos llegado, que les faltaban apenas unos metros para llegar a nuestra cima y lo habíamos logrado. Quise tomarles una foto mientras se acercaban a lo que sería nuestra cima, pero la pila de mi cámara estaba ya agotada y no pude capturar el rostro ni grabar ese gran esfuerzo logrado de los compañeros. No imagino lo que pudieron sentir al ver que lo habíamos logrado, pero seguro fue una emoción profunda, de saberse perdidos quizá por un instante y momentos después sanos y salvos.

Durante el ascenso del último tramo trataba de comunicarme con mi hermana, pero su cel me mandaba a buzón, temía que ya se hubieran ido y por desesperación nos hubieran dejado ahí.

Eran las 8:20 p.m., al estar todos sentados en una barda viendo el otro lado de la montaña, fue curioso que aquel momento no fuera tan eufórico como cuando se logra una cima, no hubo abrazos, ni manos estrechadas, ni gritos, ni brazos alzados en señal de victoria, ni selfies; era un sentimiento diferente, estábamos muy agradecidos con la montaña, de habernos permitidos surcar desde sus raíces hasta el filo de sus cabellos y permitirnos llegar hasta ahí sanos y salvos, quizá nos habíamos dado cuenta de lo grandiosa que es la tierra y de lo minúsculo que somos, quizá descubrimos en ese momento que estábamos ahí porque la montaña así lo quiso y no porque nosotros lo planeamos. En ese momento le comenté a todos que no haríamos cumbre en las antenas, hasta ahí a 20 metros de los 4,167msnm nos quedaríamos, nuestro objetivo no era una cima, si no adentrarnos a las raíces de la montaña y palpar hasta donde nuestros sentidos pudieran percibir toda la vida que habita entre las venas recónditas de la montaña. En ese momento en mi mente vinieron recuerdos de todo lo visto a través de ese andar: ríos, hojas, cantos de pájaros, rostros humanos, casas de madera, burros, caminos, fango, insectos, vuelos de halcón, la luna, el cielo, el frío, el viento, la vida…

Anuncio
Café de Altura de Variedad 100% Arábica cultivada de forma orgánica en la Sierra Norte de Oaxaca.
Me preocupaba no poder localizar a mi hermana, intenté varias veces comunicarme a su celular sin éxito alguno, no sabía si estaba en las antenas esperándonos o si había otro lugar donde los autos se estacionaran. Después de casi 10 minutos, solo nos quedó comenzar a bajar en aquel camino empedrado, esperando poderla encontrar camino más abajo o en el peor de los casos bajar hasta el pueblo de Conejos a 10km por la carretera del caracol o 6km por la vereda a través de “El espinazo del Diablo”.
Después de casi 2.5km bajando entre el empedrado, pudimos divisar un auto, no estaba completamente seguro que fueran ellos, ya que al gritarles no recibíamos respuesta alguna. Segundos más tarde, ellos al ver nuestras lámparas, abren la puerta, divisando a mi hermana desde lejos. En ese momento sentí un alivio, pues el andar de uno de los compañeros no era tan bueno que sentía su pesar por el debilitamiento de su cuerpo.
Alhe y Jorge nos habían esperado desde las 4:30 de la tarde, con frío habían permanecido estoicos a nuestra espera sobre los 4000 msnm; muy agradecido estoy con ella y Jorge por este gran apoyo para todo el grupo. Quienes prestaron su tiempo y auto para subir por nosotros sin recibir ningún beneficio e interés, salvo por el auxiliarnos en nuestra aventura.
El descenso fue lento por lo escarpado del camino empedrado, cerca de la media noche pasábamos a Xalapa para dejar a Enrique, Gerardo y Juancho a la casa del familiar de Enrique, ellos ahí pasarían la noche y harían su regreso a la ciudad de México al día siguiente. Esa misma noche yo decidí regresar al D.F., después de 4 horas en autobús, a las 4:30 a.m. estaba ya en esta gran ciudad tomando un taxi hacia mi hogar, cerrando los ojos y extendiéndome en mi realidad cotidiana a pierna suelta sobre mi cama para descansar de aquella aventura lograda.

 

Facebook Comments Box
¡Atrévete a explorar! Y únete a nuestro grupo de Senderismo & Campamentos de Montaña en Mexico.
https://www.facebook.com/groups/senderismoycampismomexico


  1. Mario Elot Rodríguez dice:

    Excelente anecdota….felicidades ya que si es un gran recorrido…yo soy de la zona y entiendo su travecia…saludos

Comments are closed.