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Eran poco más de las siete de la mañana del tercer sábado de Noviembre, cerca de cinco horas y media nos había tomado viajar desde la Ciudad de México hasta el punto de inicio de nuestra aventura, estábamos a mitad del semidesierto, con la intención de cruzar gran parte de la biósfera de la Sierra Gorda de Querétaro. Por logística habíamos decidido salir en la madrugada del sábado desde la central del norte para optimizar tiempos y economizar los gastos de la aventura, así varios podrían concluir sus actividades de trabajo de la semana.

El plan sería dormitar en el autobús lo que se pudiera durante el viaje, para así desde el sábado temprano comenzar nuestra aventura.

La biósfera de la Sierra Gorda es una reserva natural protegida que se encuentra justamente en el corazón de México, abarcando una tercera parte del estado de Querétaro, siendo la séptima en extensión de las reservas que existen en el país, pero siendo la que tiene mayor diversidad de ecosistemas.

Esta reserva dentro de sus ecosistemas cuenta con matorral xerófilo, bosque tropical caducifolio, bosque tropical sub-caducifolio, bosque mesófilo de montaña, bosque de encinos, bosque de coníferas, bosque mixto de coníferas-encinos, vegetación acuática y sub-acuática.

Un año y medio antes en compañía de Astrid y Henrike habíamos intentado hacer esta travesía, pero la premura y poca planeación nos llevó a solo avanzar apenas 5km y rendirnos ante la naturaleza, pues nos habíamos aventurado en el mes de Mayo, no previniendo la temporada de estiaje y el calor que azotaría justamente ese fin de semana, llegando a casi 40 grados centígrados, que terminamos fulminados en las dos primeras horas de caminata, pues somos acostumbrados caminantes de montaña donde las temperaturas no son ni la mitad de lo que aquel día de mayo imperaba bajo el astro dominante, aquella vez resentimos la insolación de inmediato, que nuestro intento quedó apenas ahogado con unos tragos de cerveza bajo la sombra de un guamuchil antes de dar vuelta atrás.
Pero el anhelo de completar la travesía estaba latente, aquella primera vez no fue del todo un fracaso, sirvió para tener mejor idea a que nos enfrentaríamos y regresar en algún futuro con mejor planeación que con solo un burdo intento de enfrentar a estos grandes titanes con apenas nuestros pies de hojas frágiles de primavera.
Los nueve caminantes que ahora se enfilaban a esta aventura: Astrid, Lizbeth, Salus, Pablo, Roberto, Enrique, Marcelino, Angel y yo Fileín Rommel como guía; apenas habíamos podido dormir, aunque esa mañana el hambre era más seductora que el frío y morfeo, por lo que al bajar del autobús, como la brújula al norte magnético nuestra mirada inmediatamente buscó ser atraída por el primer letrero que dijera comida, no fue fácil, menos a mitad del semidesierto.
Las peñas erosionadas que nos rodeaban inconscientemente nos hacían meditar de que hacíamos ahí, quizá de ahí el nombre de aquel lugar “Peña Blanca”. Después de caminar unos cuantos metros pudimos ver una fonda donde ya servían café, tamales y ¡quesadillas! Cada quien pidió lo que su antojo quiso, yo recuerdo que comí como si no lo fuera hacer en tres días, necesitaba energía para todo un día de caminata, no sabía aún todo lo que nos esperaba y menos si a mitad del camino pudiéramos encontrar donde abastecernos.
Tenía una idea general de lo que nos esperaba, pero no a detalle de cada tramo, por lo que no tenía ni el menor conocimiento de todo el esfuerzo que esta travesía requeriría, solo una vaga idea de querer cruzar la biósfera de la Sierra Gorda a través de sus múltiples ecosistemas. Solo sabía que primero habría que ir en contraflujo de un río, avanzando sobre un cañón, para de ahí caminar sobre el semidesierto(matorral xerófilo) para luego ascender al cerro de la “Media Luna”. Hasta ahí sería nuestra ruta del primer día. El segundo día sería bajar a la barranca del plátano para luego seguir por la parte baja de Pinal de Amoles para llegar al Chuveje. El tercer día sería ir del Chuveje a Jalpan de Serra por el pueblo de Tonatico y así culminar nuestra aventura. A simple vista, nuestra planeación hacía parecer una ruta fácil, inocentemente pensaba que todo lo tenía bien calculado y como en un juego de ajedrez sabría como liberar el jaque de la montaña, pero olvidaba que la montaña nos lleva millones de años, ella manda y sería quien decidiría en esta aventura porque rumbo nos llevaría.

Ruta de la travesía por la biósfera de la Sierra Gorda
Para ahorrarnos los primeros 4km que se caminan sobre el pavimento, tomamos un ride para llegar al pueblo de Higueras o Huigueras como viene indicado en el letrero a la entrada del pueblo. El espectáculo del semidesierto comenzaba a latir desde la batea de la camioneta, pues a la orilla de la carretera se observan los grandes “asientos de suegra” como comúnmente le llaman a los cactus erizos o como los biólogos denominan al Echinocactus grusonii.
La decisión de planear esta aventura a final de noviembre era ciertamente idónea, pues en esta época el calor es soportable, siendo 25 grados en promedio en esta zona; sumando que en esta época los caudales de los ríos van disminuyendo, por lo que el paso a través del cañón era viable y no teníamos que enfrentarnos a crecidas de río como en verano en época de lluvia.
Quienes asistían a esta aventura no eran del todo improvisados, previamente habían participado en un curso de orientación en montaña que impartimos en Live The Mountain, aparte que se habían realizado entrenamientos previos de montaña para poder tener la condición física que esta aventura de montaña requería. Con mucha pena habíamos descartado a varios que querían sumarse de último momento, pero esta travesía necesitaba un trabajo en equipo y entrenamiento físico más que solo el anhelo de ser parte del ”vivir la experiencia”, ante ello se sumaban quienes habían sido parte del proceso de entrenamiento.
Cerca de las nueve de la mañana comenzábamos nuestros primeros pasos cargando todo el equipo necesario sobre la espalda con en el corazón nutrido por la ansiedad de aventura, nuestros primeros pasos eran frescos como una ensalada de jueves por la mañana, que avanzaban sin detenerse en nuestra aproximación al cañón del Río Extoraz. Previamente cada quien se había surtido lo que le faltaba en la tienda del pueblo: electrolitos, galletas, chocolates, sodas, etc.
El Río Extoraz es un afluente que desemboca en el Golfo de México. Entre los meses de marzo a junio por la época de sequía su caudal disminuye considerablemente. Entre Junio y Septiembre su caudal se vuelve peligroso incluso hasta destructivo, disminuyendo gradualmente de noviembre a febrero.
Después de avanzar por un camino de terracería, pasando por algunos árboles de guamuchil que servían de sombra, comenzábamos a bajar para encontrarnos con un arroyo que más adelante se vuelve parte del Río Extoraz, el cuál se va formando a su paso por los ríos y arroyos Xichú, Victoria, Tierra Blanca y Tolimán. El agua de ese arroyo sobre nuestros pies refrescaba el calor del otoño y disminuía la sensación térmica del ambiente.
Cerca de las 10 de la mañana habíamos llegado al punto conocido como Adjunta de Higueras donde en nuestro primer intento habíamos claudicado. La sensación térmica era completamente diferente de aquella primera vez. En esta ocasión la temperatura era “disfrutable”, bastante tolerable en comparación de aquel sofocante calor de mayo que culminó en casi un golpe de calor que pudo apenas ser aliviado urgentemente con un par de dosis de “suero amargo” .
Al día siguiente en aquella zona, se celebraría también el ultra trail de la sierra gorda, cerca de 70km tendrían que correr los más avezados corredores entre brechas, senderos, cañones, pueblos y montañas. Los carteles sobre los balnearios que rodeaban a aquel arroyo, anunciaban la retadora experiencia a la que se enfrentarían los corredores al día siguiente ¡Qué locos!
Con mochila al hombro llegábamos al Río Extoraz, habría que avanzar en contraflujo de este río por un largo tramo. El río nos llegaba a la rodilla, aunque el esfuerzo físico de caminar contracorriente no era demandante, quizá por la suavidad que nos proporcionaba la temperatura del agua bajo nuestros pies en comparación de la radiación solar que posaba sobre nuestra cabeza.
Al avanzar más de un kilómetro, notamos que poco a poco el río iba aumentando su volumen que esté nos iba llegando hasta la cadera, el color del agua iba cambiando a un verde obscuro lo que indicaba que más adelante se formaban pozas donde quizá habría necesidad de nadar para poder avanzar. En un principio esto me inquietó, pues ¿Cómo nadar con una mochila que pesa casi 20 kilos? El problema no era solo el peso, si no por lo empapada que quedaría la mochila junto con las cosas que cargábamos. De momento si pensé que hasta ahí volvería a terminar nuestra aventura y sería el segundo fracaso. Afortunadamente Henrike rápidamente entre los carrizales encontró un sendero por la orilla de aquel río. Este sendero nos llevó a una brecha marcada y así pudimos llegar a la ranchería que está previa a la entrada al cañón del paraíso.
Después de cruzar un puente colgante que atraviesa el río, comenzamos a caminar bordeando el afluente, hasta que inevitablemente por las paredes del cañón y los abundantes carrizales hubo que meterse al río nuevamente y comenzar a avanzar sobre el río.
Al voltear la mirada, las paredes del cañón intimidaban, pues denotaban un terreno agreste y hostil, muy lejos de lo que es un espeso, abundante y apaciguador bosque de oyameles como en la media montaña. Aquellos titanes de roca erosionada parecía que nos miraban con guasa ante nuestra soberbia infame de presentarnos ante ellos como “aventureros”.
El río poco a poco nos acercó hacia el hermoso cañón del paraíso, avanzando en contraflujo de aquel río con el agua hasta las rodillas. Poco a poco aquel cañón se iba haciendo angosto, hasta que sus paredes quedaban separadas entre si por un ancho de apenas ocho metros. El río no esperó demasiado para presentarnos con gala aquel paisaje que es el cañón del paraíso, sus aguas color esmeralda entre angostas paredes de roca caliza y granito. Un espectáculo natural que no demoró en ser captado por las cámaras fotográficas de los compañeros caminantes.
Pero como aquel canto de sirenas, avanzábamos embelesados, hipnotizados y sonrientes adentrándonos al corazón de aquel cañón. Así pudimos avanzar hasta donde una poza natural parecía ser el primer obstáculo de aquel cañón. Era cruzar o cruzar, las paredes del cañón no daban opción de escalar, bordear o darle la vuelta, había que nadar para poder avanzar, pues más adelante se veía que la altura del río disminuía, pero había que cruzar aquella poza de 10 metros de largo. Roberto se metió a aquella poza para nadar y sensar el terreno, para descubrir la profundidad de aquella poza y ver por dónde pudiera estar menos hondo y avanzar sin complicación, pues algunos compañeros temían cruzar nadando con mochila al hombro.
Mientras estábamos en la poza, de repente con sigilo entre los carrizales vimos a un hombrecillo salir, con la piel curtida por el fuego de la vida y del sol del semidesierto, su sonrisa tímida se acercaba a nosotros para aconsejarnos como cruzar aquella poza y darnos más detalles sobre el avance de aquel cañón. Don Mariano, como se presentó, nos comentó que en aquella poza había bancos de arena por donde pudiera avanzarse y no terminar tan hundido, por consenso le pedimos que nos guiara por la parte del cañón a cambio de una compensación económica. Al principio lo dudo, pues junto con su esposa, estaban colocando metros más atrás un pequeño puesto de refrescos y cervezas para los turistas que vendrían a nadar a la poza aquella mañana, pero muy cordialmente regresó con su esposa a dejarle unas cosas que portaba en su mano y sin más demora se metió a la poza para indicarnos por donde avanzar.
Algunos compañeros ante el temor que sus cosas quedaran empapadas, fueron preparados con bolsas de plástico donde metieron su mochila para protegerlas. Así Don Mariano nos iba indicando la ruta de avance por el cañón, en tramos por su mediana estatura el agua le llegaba al cuello. Uno tras otro siguiéndolo fuimos cruzando aquella poza hasta llegar a tierra segura donde el caudal disminuía su altura. No sin antes tener un ligero sobresalto, pues al ir cruzando la poza y mirar al costado del cañón, una culebra parecía dormitar entre el agua y la pared del cañón, temía que su pacigüidad se alebrestara con nuestra irrupción. Al cruzar aquella primera poza, Don Mariano nos comentó que más adelante habían otras pozas pero que serían más fácil de cruzar. Ante nuestra incertidumbre le pedimos que nos siguiera guiando, no del todo seguro nos dijo que si, pero solo hasta la “cueva de las culebras” pues de ahí en adelante ya no había pozas y podríamos continuar por nuestra cuenta hasta salir del cañón y buscar el camino que seguiría por el semidesierto.
La “cueva de la culebra”, es una cueva ubicada a un costado del cañón casi a cielo abierto nombrada así ya que por la coloración de la roca pareciera que sobre el techo de esta cueva están dibujadas serpientes encimadas una tras otra.
El cañón seguía y otra poza nos esperaba, Don Mariano volvió a meterse a la poza, pues por su experiencia en el lugar, sabe que la mejor forma de cruzarla es por la parte de en medio donde la arena se va concentrando por las corrientes del cañón. El agua poco a poco lo iba cubriendo dejando apenas descubierta su cabeza. El cañón no traía mucha fuerza, pero a mitad de la poza al ir casi de puntitas, repentinamente se tenía la percepción que el agua nos arrastraba, pues al tener los brazos alzados cargando las mochilas poco se podía maniobrar para intentar nadar más que solo usar las piernas para sortear aquel obstáculo.
Al terminar de cruzar la poza, nos despedimos de Don Mariano, quien con toda calma daba vuelta atrás para regresar a su vida entre el cañón, el río, los carrizos y el sol.
Otra media hora nos tomó avanzar entre las caprichosas formas de las rocas del cañón, donde al disminuir su angostura, el nivel de agua disminuía por dispersión, por lo que era más fácil avanzar entre las rocas. Así hasta llegar donde el cañón doblegaba su rumbo, al parecer ahí había que buscar un sendero que nos sacará del cañón para entrar al semidesierto. En lo que buscaba el sendero para entrar al semidesierto y salir del cañón, los compañeros caminantes aprovecharon para sacarse la arena de las botas e hidratarse. No fue difícil encontrar el camino entre las rocas y hallar el sendero que descansa sobre la pared del cañón. Media hora después todos estábamos fuera del cañón.
Después de salir del cañón y haber caminado 10Km en contraflujo del Río Extoraz, a lo lejos entre los cactus y matorrales espinosos se veía una pequeña ranchería, en el horizonte al alzar la mirada se veía el collado de la “media luna” un gran macizo de montaña que sirve como barrera natural entre el paisaje xerófilo del lado sureste respecto al paisaje de montaña del lado noroeste que se extiende hasta convertirse en selva baja. Estábamos a 1,190 msnm, nuestra cima ese día nos esperaba a poco más de 2,700 msnm. Era casi la una de la tarde, mis cálculos en ese momento equivocados hacían parecer muy fácil aquel ascenso, que erróneamente pronosticaba que antes de las 6pm podríamos estar en el mirador de Cuatro Palos.
Observando las curvas de nivel en el mapa, a simple vista intenté trazar una posible ruta de ascenso rápida entre las aristas para cruzar aquellos cerros semidesérticos, pero habían varios factores a considerar: el calor, los matorrales de espinas, las lajas y las serpientes de cascabel. Haciéndole caso a los dos biólogos(Roberto y Lizbeth) que nos acompañaban, quienes nos comentaban que por el tipo de terreno y calor, si intentáramos seguir la travesía atravesando los cerros por las aristas donde no había caminos marcados habría posibilidades de toparnos con serpientes de cascabel. Por lo que desestimé esa ruta rápida y en conjunto decidimos movernos a la ranchería que se veía próxima para buscar quien nos diera información de como poder aproximarnos hacia Cuatro Palos.
Minutos después al avanzar entre el matorral, a lo lejos vimos aproximándose una señora de avanzada edad, acompañada al parecer de sus dos nietas y su canino “canelillo”, llevaban sus chivos a beber agua, con la cámara discretamente traté de tomarles una foto, por experiencia a veces a las personas les incomoda ser fotografiadas. El rostro de aquella señora -que más tarde supimos que se llama Elvira-irradiaba una simpatía que no muchas veces se logra ver entre los caminos desconocidos, a pesar de las enormes carencias y el suelo agreste sobre el que habitan, la agresividad de la vida y el semidesierto no habían logrado borrarle la sonrisa, que al vernos, como si nos conociera de toda la vida comenzó a bromear con nosotros. Ahí detuvimos nuestros pasos, pues explorar no solo es descubrir aristas, vertientes, cañadas y montañas, también es detenerse para escuchar un instante el sentir del corazón de los que viven entre los caminos por el cual los pasos transcurren. La señora nos alertaba que avanzáramos con cuidado pues hay mucha víbora de cascabel por ahí, señalándonos en ese momento justo hacia atrás de nosotros, ahí estaba una víbora de cascabel colgada sobre el espinoso matorral, estaba ya muerta, su cuñado Miguel la había matado el día anterior y la había dejado colgada ahí. Rápidamente la señora nos indicó que siguiéramos el sendero hacia la ranchería y ahí siguiéramos todo el camino de terracería para llegar al pueblo que estaba más arriba. Agradecimos y nos despedimos de aquellas tres almas que seguirían con su andar cotidiano.
Efectivamente, después de terminar el sendero, encontramos el camino de terracería que llegaba al pequeño pueblo y de ahí bordeaba entre diversas colinas con rumbo hacia nuestro objetivo. En el horizonte frente a nosotros divisábamos la gran barrera natural de la media luna y atrás un cúmulo de cerros amontonados verdesecos por el matorral xerófilo que se postraba sobre ellos. Aquel paisaje de cañones, cañadas y montículos parecían encimarse uno tras otros que si hubiera intentado contarlos, fácilmente hubiera perdido la cuenta; si no fueran cerros, juraría que eran entes que postraban su cabeza entre la tierra como suplicando al sol, dejando al descubierto solo su encorvada espalda.
Fuimos avanzando por la terracería, después de una hora llegábamos a lo que parecía un pueblo, aunque las casas estaban tan diseminadas y por el calor de la media tarde pocos individuos se podrían ver a simple vista, solo uno cobijado bajo la sombra de un poste. Así fuimos siguiendo la terracería, hasta que llegamos a un campo de fútbol y una escuela primaria, hasta ahí llegaba la terracería.
Viendo el paisaje, habría que seguir entre las aristas para más arriba volver a encontrar otra terracería que nos llevara en ascenso hacia nuestro objetivo. Estábamos cavilando por donde continuar, cuando un señor de casi 80 años con toda la calma del mundo se nos acerca, preguntándonos que de donde veníamos y para donde íbamos. Después de saber de nuestra travesía nos recomendó bajar por un barranco para más abajo poder encontrar un camino de terracería que nos llevaría al pueblo siguiente más arriba. Analizando, si, era mejor opción bajar por el barranco, el cuál por el matorral pocos pudieron librarse de las espinas, por lo que minutos después de un descenso accidentando todos pudimos llegar a la terracería, refugiándonos un instante bajo la sombra de una pared del camino para hidratarnos y comer algo. Eran ya las 3 de la tarde, estábamos apenas a 1,290 msnm, mucho tramo por subir y caminar nos esperaba.
El ascenso a través del camino de terracería parecía no terminar, entre curva tras curva, los paisajes del semidesierto tras de nosotros eran una estampa fotográfica que no podía pasar desapercibida para el lente de la cámara. Después de una hora de camino, encontramos a tres señores a mitad del camino, lucían bastante maltrechos, no sé si por el sol y la agreste montaña, si por el efecto del aguamiel o tan solo por las condiciones de vida del lugar. Nos comentaban que venían del pueblo de La Plazuela, eran parte del comité municipal y estaban haciendo un recorrido por pueblos vecinos para juntar dinero para socorrer a una mujer de edad avanzada, quien vivía sola en su población, pero que ante su enfermedad no tenía apoyo, que por ello salieron a recorrer los ranchos vecinos para solicitar una cooperación, los compañeros sin pedir más explicación no dudaron en sumarse dando lo primero que tuvieran a su alcance. Por seguridad decidí esperar, pues dos compañeras caminantes venían una curva atrás del camino.
Una hora más tarde de aquel encuentro, llegábamos a otra población, pocas personas se podían divisar por el camino, ni a quien preguntarle que ruta seguir, parecía un pueblo fantasma, aunque a lo lejos se oía actividad humana en alguna parte. Eran poco más de las cinco de la tarde, estábamos ya casi a 1,800 msnm. Estábamos justo al pie de la “media luna”, había que seguir en línea recta por la vertiente para llegar al collado y de ahí buscar un camino de ascenso del otro lado de la montaña para llegar al pueblo de Cuatro Palos. No fue difícil encontrar el camino de ascenso, entre roca y matorrales se dibujaba un camino bastante vertical con una pendiente de casi 35 grados que nos condujo directamente al collado del cerro de la “Media Luna”. Estábamos ya a 2030 msnm, al oeste se podía ver la inmensidad de cerros dibujados como grandes dunas del semidesierto, hacia el oeste de podía ver una verde y espesa montaña con gran biodiversidad, estábamos en la frontera del semidesierto y el bosque de montaña.
Eran poco más de las seis de la tarde, por la inclinación de la esfera terrestre respecto al sol, a finales de otoño la noche comienza a temprana hora su jornada, por lo que los últimos destellos del sol se dibujaban en el horizonte creando un lienzo colorido que no podía escaparse de ser capturado, que valía la pena detener la respiración unos segundos para sentir la magia del círculo de la vida.
Faltaban ya cerca de 700 metros de ascenso, muy hasta arriba se alcanzaba a ver las primeras luces del pueblo de Cuatro Palos, calculaba un par de horas de ascenso para completar la extenuante ruta del primer día.
El avance sería por el borde del cerro de la “Media Luna”, por un sendero bastante angosto que dejaba mostrar la severa caída a un costado del camino. Algunas compañeras de aventura mostraban ya signos de cansancio, no era para menos, esta primera parte de la travesía era demandante, pero aún así no se daban por vencidas, sus pasos seguían andando en ascenso aunque con menor velocidad que unas horas antes.
A mitad de ese último ascenso vimos a un joven descender por el sendero, era uno de los organizadores de la carrera que se realizaría al día siguiente. Al parecer les faltaba marcar parte de los senderos de la ruta siguiente y había bajado a realizar esa tarea. Aunque al parecer no iba del todo preparado, pues preguntaba a los compañeros si alguien tenía unas baterías extras, pues su lámpara ya casi no tenía pilas. Nadie pudo ayudarlo y cada quien siguió su destino.
Aquel ascenso se había alargado, me quedé a esperar a las compañeras para avanzar a su paso, mientras los demás caminantes se adelantaban pues lo que ya querían era concluir aquel primer día de aventura. Entre la noche espesa, solo recuerdo haber pasado bajo la peña de la Media Luna la cuál lucía imponente, pasando por algunas cuevas ubicadas al costado del camino; por la obscuridad y el poco alcance de mi lámpara, no podía del todo saber que tipo de árboles nos rodeaban. Un largo ascenso en Zig Zag parecía no tener fin.
Las compañeras no querían rendirse, pero claramente veía que sus mochilas pesadas les estaba ya siendo un suplicio. Les comenté que me adelantaría para llegar al pueblo y regresar para bajar y ayudarles a cargarles sus mochilas. No sé que me dio fuerza en ese último tramo, pero no sentí el peso de mi mochila, que poco a poco fui ascendiendo alcanzando a cada uno de mis compañeros. Algo raro percibí al pasar junto al compañero que iba hasta el frente, al rebasarlo sentí un escalofrío, como si algo se me hubiera pegado en mi costado izquierdo que hasta se me enchinó la piel, por la prisa que llevaba no comenté nada y seguí mi ascenso hasta llegar al pueblo de Cuatro Palos donde descargué mi mochila junto a un árbol, tomé un poco de agua y bajé corriendo para ayudar a las compañeras. 1 km atrás venían las compañeras, notablemente ya cansadas, habían realizado una demandante ruta y no era para menos el desgaste físico que presentaban. Me puse una mochila al frente y otra en la espalda para terminar esa primera parte de la ruta.
Eran 9:30 p.m, pocas personas se veían deambulando entre las calles del pueblo, una tienda comunitaria estaba aún abierta a escasos metros, que nadie de los caminantes dudó en ir a comprar lo que fuera para poder comer e hidratarse después de extrema faena de montaña; en la tienda estaban unos jóvenes de la localidad endulzándose el paladar con cerveza industrial, quienes entre semana trabajan en la floreciente ciudad de Querétaro en la industria de la construcción pero los fines de semana regresan a su pueblo, nos preguntaban que de donde veníamos, al saber parte de nuestra travesía mientras sorbían un trago de su cerveza, sin menor atisbo exclamaba uno de ellos ¡ni que estuviera pendejo lo haría! Cuanta razón tenía sin duda alguna, pero todos algún día hacemos pend…das y esta era una de esas bonitas veces
Tenía esperanza que el comedor del pueblo estuviera abierto, pero para mi mala fortuna no era así. Aunque al regresar de la tienda, unos compañeros comentaban que una señora les había ofrecido venderles comida, comentaban animosamente que les había ofrecido pollo asado, huevos, frijoles, salsa y tortillas. ¡Caray! Eso sería todo un manjar, lo mejor que pudiéramos probar después de aquel primer día de aventura, que sin pensarlo le dije que fuéramos.
Aquel manjar solo quedó en nuestra imaginación, después de una larga espera de casi una hora, unos frijoles fríos, unas tortillas y una salsa fue lo que se sirvió en la mesa. Aunque nadie le puso peros, que rápidamente unos tacos de tortilla con salsa y frijoles saciaron aquel hambre voraz.
Después de una amena charla entre los aventureros decidimos descansar. Pocos tenían las ganas y la fuerza para subir y acampar al mirador de cuatro palos, el cuál estaba a menos de un kilómetros y 100 metros de desnivel, por lo que convenimos con la señora del lugar para que nos rentará un espacio en el patio de su casa para acampar.

Más de 30km habíamos recorrido el primer día con poco más de 1700 metros de ascenso, cargando con todo el peso de la mochila a través de ríos, semidesierto y roca, que esa noche nadie tardó más de 10 minutos en rendirse ante morfeo, pues casi 70Km de recorrido nos faltaban para los siguientes días.

Fin de la primera de tres partes de esta aventura por la biósfera de la Sierra Gorda.

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Continuará…

 

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