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Cañón de Aguacatitla.

Este domingo nos lanzamos a un cañón recién explorado por el equipo de expertos cañoneros de @AdvenTerra & Todo Terreno, esta vez nos llevaron para conocer e internarnos en una de las arterias de nuestra madre Tierra, para deslizarnos a través de los átomos de vida que caen por uno de los acantilados de prismas basálticos que desembocan en la cañada de Aguacatitla(En nahuatl: “Lugar de Aguacates).

El domingo a temprana hora partimos de la Ciudad de México rumbo a Huasca de Ocampo en el estado de Hidalgo, un sol intenso de mayo alumbraba la mañana, seguíamos la ruta Teotihuacán-Tulancingo-Tuxpan-Huasca de Ocampo. Previamente una noche estuve a punto de desistir para esta salida por una inflamación en la rodilla izquierda, ya que un día antes había ido a correr para explorar una ruta para una caminata con causa para unir diversos senderos y rutas de montaña y por la tarde del sábado me fui a jugar basquet a una liga donde después de jugar dos cuartos, mi rodilla resintió el peso de la vida y de los años que ya no me dejó continuar el juego, regresando a casa con un fuerte dolor que apenas podía flexionar la rodilla.

Me sentía un poco molesto esa noche o más bien quizá era un síntoma por síndrome de abstinencia por la adrenalina que al día siguiente me perdería, pues aunque desconocía a que cañón irían al día siguiente, sabía que iba a ser algo extremo, pues si algo caracteriza a este grupo de cañoneros es por lo rudas y extremas que llegan a ser sus aventuras.

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Ya estaba a punto de mensajear a un amigo, para decirle que no me esperaran en el punto de encuentro, pues por la rodilla no podría asistir. Pero no quise desistir a la primera y se me ocurrió hacer una terapia con hielo, poniéndome por 15 minutos una bolsa de hielo, repitiendo 3 veces cada 20 minutos. El dolor había disminuido, sentía aún la fricción de la rótula, pero ya podía flexionar mejor la rodilla, por lo que decidí dormir y ver al día siguiente como amanecía de la rodilla; si podía brincar y hacer algunos movimientos bruscos sin mayor dolor, entonces iría a esta aventura donde se necesitaba estar en buena condición física por lo complicado de los terrenos agrestes que implica el cañonismo.

Al día siguiente, ya podía moverme mejor y con más confianza, sentía aún un leve dolor en la rodilla, pero ya tenía mejor movilidad. Sin mayor reparo, preparé la mochila con todo lo necesario: traje y calcetas de neopreno, calzado para terrenos resbalosos, arnés, mosquetones, descensor(Oka), línea de vida, casco, silbato, agua, manta térmica, rompevientos, etc.

A los 500 metros de salir del depto, recuerdo que me hace falta la lámpara, por lo que rápidamente regreso al depto, pues aunque pudiera no ocuparse, la reglas de este grupo son muy estrictas por seguridad de todo el equipo, por lo que se hacen un checklist verificando que todos lleven el equipo de seguridad adecuado de lo contrario no nos dejan realizar la actividad.

Cerca de las 8:15 a.m. en caravana vamos 10 cañoneros para esta aventura. Haciendo una parada intermedia en el pueblo de Jaltepec, para pasar a desayunar y cargar de energía al cuerpo para todo el recorrido que nos esperaba; ahí en esa comunidad cada domingo se coloca un tianguis donde expenden diversos productos de la región, fue inevitable eludir el gusto por el pan amontonado entre canastos de carrizo, así que un café con pan hecho en la localidad fue el primer disfrute mientras esperábamos las quesadillas, tlacoyos, guajolotes y tacos dorados que ya se preparaban sobre el comal.

A la 10:00 a.m. llegábamos a Aguacatitla, localidad ubicada a 15 minutos del pueblo mágico de Huasca(En náhuatl: “Huascazaloyam – lugar de pájaros, agua, vegetación y alegría”) de Ocampo.

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Desde ahí se divisaba la barranca de Aguacatitla, creo tendría una profundidad como de 250 metros, una barranca que seguro en algún punto se unía con la barranca de Huasca donde se encuentran los turísticos prismas basálticos.

Los guías de Adven Terra semanas antes habían acudido al lugar por invitación de los lugareños, para explorar esa cañada, armar una ruta y colocar anclajes para que en un futuro pudiera ser una opción turística y de aventura al igual que una forma de captación de turismo de aventura para que la gente del lugar tuviera más opciones económicas de subsistencia. Sin duda una labor muy noble de este grupo de aventura, que llevan a lo social esta actividad extrema.

El comentario de Octavio Obregon Zuber el instructor y guía de AdvenTerra fue que el agua no estaba tan fría, por lo que el neopreno no era necesario usarlo, salvo para protegerse de la gran cantidad de mosquitos que habría en el lugar. Mi estado “andropaúsico” por el intenso calor de la mañana no me animaba a ponérmelo, aunque lo estaba considerando, pues comentaban que había que nadar una que otra poza, y el neopreno ayuda mucho con la flotabilidad, cosa que me inquietaba pues por el peso de mi mochila más todo el equipo de descenso estaría algo pesado y el neopreno pudiera ayudarme para flotar. Aunque de último momento desistí y decidí hacer la ruta usando solo un rompevientos y un short acapulqueño, aunque eso implicara avanzar lento entre las pozas con todo el peso pues no soy tan ducho en el agua.

A las 10:30 a.m. ya estábamos todos listos en el borde del cañón, contrariamente no al pie del cañón como coloquialmente se dice más bien en la cresta del cañón. Pues empezaríamos a descender desde la parte más alta, comenzando a descender a través de dos cascadas que se producen por la caída de un arroyo que cae entre prismas basálticos llegando hasta una poza con una caída de estas de 80 metros.

Los guías de esta aventura serían Luz Elena Moreyra, Blanca Estela Garcia Rodriguez José Miguel Angel, @David Desconocido Lara, Esteban Sáenz y @Octavio Obregon Zuber quienes armarían los anclajes y estaciones a través de las 9 rapeles que tendría esta ruta de cañonismo.

No pude evitar colocarme en un punto donde pudiera comenzar a fotografiar los descensos de los compañeros, me acosté en el borde del cañón para tener buen punto de vista de la caída de la cascada, del fondo del cañón y del descenso con cuerdas que hacían los cañoneros.

De repente el viento asomaba, que el agua emocionada por su visita elevaba sus átomos hasta 10 metros dejando caer una brisa refrescante, “popocatl” agua que humea le llamaban a este efecto nuestros antepasados, pues los átomos de vida parecían se desprenden de la cascada para elevarse al cielo como el humo al fuego, el sol no podía mantenerse desapercibido ante este jugueteo de ehecatl(viento) y el agua-Atl, que con su luz comenzaba a florear un kosamalotl(arco iris en náhuatl) horizontal que parecía los cañoneros descendían por un portal multicolores hacia la adrenalina y emoción de esta actividad de aventura.

Uno por uno descendían todos los compañeros, las fotos de cada uno de ellos no podían faltar, así hasta que llegó mi turno. Medio apasguatado me dirigí al punto de descenso, no sin antes el guía hacerme unas observaciones que quizá por la distracción de estar haciendo fotos eludí usar los guantes que eran necesarios para tener mejor agarre de la cuerda y evitar que la fricción pudiera hacer que la soltara, al igual colocarme el gorro del rompevientos dentro del casco para evitar un accidente con la cuerda y un ajuste en el arnés, así que por seguridad tuve que corregirlas al momento.

Había hecho mi bloqueo, estaba ya listo para descender, cuando pude reaccionar y noté que estaba sin ningún freno en mi descensor, eso hubiera hecho que mi descenso fuera muy rápido y hasta descontrolado, por lo que rápidamente deshice el bloqueo y volví a colocar la cuerda correctamente con dos frenos del descensor. Estos últimos ajustes aumentaron mi tensión, pero no había vuelta atrás, estaba ya al borde del cañón y salvo los dos guías que quedaban era ya el último de los que iban como contingente.

El instinto de supervivencia del ego me traicionaba, pues este siempre busca eludir los riesgos intentando mantenerse a salvo, pero no había vuelta atrás, ya estaba armado.

¡A volar! Después de liberar el cabo de anclaje y quitar el bloqueo, ya no había vuelta atrás, menos al dar el primer paso y sentir la fuerza de la cascada caer sobre los hombros, ya no había forma de decir me regreso, solo era bajar y bajar, tratar de concentrarse y coordinar pies, manos y cuerpo y solo tratar de disfrutar la caída de la cascada para engañar a la mente e intentar sortear aquel descenso emocionante a través del “atemoktli” que en náhuatl significa cascada.

Por la adrenalina de sentir la caída del agua, hasta el dolor de rodilla se me había quitado, la primera caída del “akueskomatl-acantilado” sería de 80 metros a través de dos rapeles, el primero de 30 metros bajo la cascada y el segundo en caída libre de 50 metros. Aunque este primer descenso tenía un obstáculo que no sería nada fácil de sortear, pues habría que tocar los prismas basálticos y desde ahí habría que desescalar para llegar hasta el otro anclaje que estaba como a 10 metros en diagonal hacia la izquierda. David había sido el primero en bajar para colocar el anclaje y la cuerda para el descenso de 50 metros, el nos iba instruyendo como llegar hasta él. Pero estos primas basálticos estaban en extremo resbalosos, no había manera de poder pararse en ellos, por lo que había que sujetar bien la cuerda y con la otra mano intentar maniobrar para poder agarrarse de alguna hendidura y poder ir bajando como se pudiera; por un momento me apaniquee, pues pensé que había bajado de más, que sentí ya no tendría cuerda y quedaría suspendido a mitad de la nada, pues el intentar escalar para regresar al otro anclaje sería casi imposible por lo resbaloso que estaban las rocas. En eso estaba cuando quede atorado en una roca, tuve que bloquearme para asegurarme y poder usar las dos manos para poder salir de ahí y poder cruzar al otro lado, comencé a hiperventilar que por un momento si pasó por mi cabeza que ahí podrían estar mis últimos segundos, pero al voltear vi a David más abajo y eso me regresó un poco la calma, pues no estaba tan perdido en el descenso, como pude llegué hasta él no sin antes haber pasado un momento de adrenalina pura.

Una repisa de apenas 30 cm separaban del primer rapel del vacío, inmediatamente antes de soltarse de la primera cuerda, había que anclarse para luego volver a armarse con la segunda cuerda y comenzar el segundo descenso. Este descenso era más tranquilo, pues era en caída libre ya sin tener la cascada encima si acaso el “auitatli”(brisa) de la cascada, por lo que el rapel fue muy disfrutable bajando suavemente aunque después de toda la adrenalina del primer rapel comenzaba a sentir la ansiedad de poder ya tocar fondo y esos 50 metros de descenso parecían alargarse.

Algunos años antes había visitado los prismas basálticos con mis hermanas, viéndolos desde un mirador con un rico raspado de chamoy en la mano, nunca por mi menté pasó que algún día estuviera en las arterias de un cañón con prismas basálticos sujetándome la vida con una cuerda y una mano para poder salir de ahí. Mi máxima reflexión en ese instante fue como se habían formado tan perfectamente geométricamente aquellos prismas basálticos que veía desde el mirador, sabiendo después que estas formaciones geométricas tienen su origen por el enfriamiento de lava o magma durante un derrame que se vertió al fondo de la barranca, la estructura geométrica fue enfriada en un medio acuoso, lo cual hizo que se convirtiera lentamente en una estructura hexagonal.

Después de descender de aquel rápel, dos pitidos de mi silbato indicaban que ya estaba libre de la cuerda, unos metros caminé a través de la poza para tocar suelo firme y ya desde ahí poder ver la impresionante caída de la cascada que descendía a través de la pared del atlakomoli(barranca). Mis piernas tenían las huellas de la batalla, todas raspadas principalmente de la pierna izquierda que era con la que me iba ayudando para poder atorarme con alguna roca de los prismas para ir deslizándome al segundo anclaje.

Más abajo ya estaban otros compañeros, quienes observaban el descenso de los compañeros que faltaban. @Blanca tenía la misión de bajar y rescatar la primera cuerda, algo nada fácil considerando que sería la última en descender del primer rapel, mis respetos y admiración por esta maniobra tan extrema. @David se encargaría de descender y rescatar la segunda cuerda.

El siguiente rapel fue mas disfutable y paisajista, pues no tenía más de 5 metros; esta cascada caía sobre una poza donde el agua seguía su camino entre rocas verdes para luego pasar bajo un acueducto que fue construido en el siglo XIX durante la época de explotación de plata en la zona de Huasca.

De ahí era llegar al cuarto rapel bajo el arco del acueducto, donde por instrucciones del guía me comentaba que esperara a los demás compañeros para ayudar a cargar una de las cuerdas; volví a regresar al tercer rapel, vi que había posibilidad de escalarlo y así regresar con los demás compañeros que faltaban. Se me hizo fácil cargar una cuerda y para no rapelear con la cuerda, le dije a Arturo que le aventaba la cuerda, aunque cometí un error, pues esta la aventé a una poza que poco a poco se iba hundiendo, menos mal que la poza no estaba tan profunda que segundos más tarde Arturo pudo sacar la cuerda. Recibiendo una recomendación de los guías que nunca hiciera eso, pues la cuerda pudiera atorarse con algún tronco o rama o simplemente ser arrastrada por la corriente y esta pudiera perderse. Una lección más aprendida.

Entre el tercer y cuarto rapel hay una cueva, aunque no parecía profunda, quizá fue cavada para exploración de minerales en el pasado.

El cuarto rapel tampoco era muy alto, creo no más de 8 metros, aunque la salida era muy angosta y resbalosa, que al no hacer bien la salida resbalé y costalee contra la pared, rápidamente volviéndome a acomodar para rapelear por la cascada.

La poza estaba profunda, a pesar del peso de la cuerda que llevaba en la mochila, más el equipo pude flotar sin mayor problema, y aunque flotando lento y uno que otro buche que hice de agua puerca, pude salir sin mayor problema de ahí.

El quinto rapel fue más disfrutable, pues ya no fue bajo una cascada aunque si con una roca húmeda y poco resbalosa.

De ahí fue caminar entre rocas y el arroyo para llegar al sexto rapel donde igual no presentaba mayor dificultad técnica, y era bajar a través de una pared de roca seca menos inclinada.

El trekking para el séptimo rapel fue a través de piedra arenisca, que los pies se hundían, menos mal que las calcetas de neopreno son largas que evitaron que estas piedritas se metieran al zapato.

El séptimo rapel fue muy disfrutable, pues podía hacerse sobre la caída de la cascada o a un costado sobre la pared de roca seca la cuál estaba menos inclinada, un descenso muy disfrutable el cual caía a una poza que no
llegaba a más de la rodilla.

De ahí era caminar unos pasos para llegar a una poza donde habría que esperar para comenzar el penúltimo rapel. Este rapel de 12 metros había que hacerlo sobre la caída de la cascada, aunque la roca estaba muy resbalosa, había peldaños en la pared de roca por lo cual iba descendiéndose tranquilamente como desescalando y en otros tramos rapeleando así hasta llegar a otra poza de 5 metros que había que cruzar para llegar al borde del noveno y último rapel.

El agua no estaba fría, y era refrescante por el intenso calor del medio día. La decisión de ir en moda acapulqueña era medio acertada, si no hubiera sido por los mosquitos y los raspones dados en el primer rapel.

Por fin estaba armado para el último rapel, 10 metros me separaban de la última poza de este cañón. Mentalmente estaba medio tranquilo, pero también ya con ganas de estar del otro lado de la línea. Así que comencé a bajar por los hilos de agua que descendían por la pared de la cascada. Dos pitidos de mi silbato indicaban que ya estaba libre de la cuerda y en posición segura. Varios compañeros ya se les veía en el rostro su cara de tranquilidad, acomodados bajo la sombra de un Eucalipto, riendo y bromeando mientras disfrutaban de algún dulce o hidratación.

Después de un recorrido de 5 horas, ya todos habíamos terminado el último descenso. Quise despedirme del cañón, pero al dar un paso resbalo y doy un fuerte ranazo, pensé que nadie había visto pero al parecer no fue nada discreto el ruido del golpe, me levanté rápidamente pero quedé privado unos segundos por el golpe, menos mal que traía la mochila y el casco que ayudaron a amortiguar el golpe, esa fue mi última ofrenda al cañón.

Ya solo había que bajar un tramo entre rocas para llegar al río donde confluye el arroyo que desciende del cañón para de ahí seguir un sendero que sube casi en vertical hasta el centro ecoturístico de Aguacatitla, donde ya nos esperaban unas cervezas bien frías con unos chiles rellenos y una verdolaga en salsa verde.

Después de comer, estaba ya en el estacionamiento, donde podía sentir nuevamente la frescura de la vida al estar con ropa y con los pies descalzos agradeciendo al iluikatl(cosmos) por esta vivencia y sobre todo por estar contándolo y respirando, mientras veía en el horizonte entre los cactus ver el teotlaktli(atardecer) y la despedida de Tonatiuh(El Sol).

Nuevamente agradezco a @AdvenTerra y a sus guías por compartirnos estas rutas, al igual por compartirnos
su experiencia para aprender más de esta actividad.

Gracias @Blanca,@Elena,@Miguel,@David,@Esteban y @Octavio por el profesionalismo y experiencia compartida en esta aventura y por hacer muy segura esta ruta extrema. Al igual gracias al compañerismo mostrado por Merith Chamerry, @Angélica y Arturo Arce. Felicidades a todos por rifarse como los grandes en esta aventura que para nada fue fácil. Nos vemos en próxima aventura de cañón.

#CañonerosTodoTerreno

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