Los tres pinos: historias entre los senderos de la montaña.

…así continuábamos nuestra expedición entre senderos desvanecidos por el tiempo donde la naturaleza ha ido reclamando sus espacios, enyerbando el antiguo camino de montaña muy concurrido hace décadas pero que en la actualidad muy rara vez es transitado, un sendero que por la humedad del monte hasta las piedras se han vuelto verdes.

Así en nuestra expedición seguimos avanzando entre la espesura de aquel monte de la sierra, hasta llegar a otro de los parajes marcados en uno de los antiguos códices de la comunidad que nombraba en zapoteco a aquel lugar como Yag’ruré.

Ahí encontrábamos tres pinos de enorme tamaño, erguidos que parecían gigantes guardianes de la montaña, se mantienen aún vigilantes e inmóviles ante el correr del tiempo y de la vida en la montaña. Estos se hallaban plantados sobre una curva del antiguo sendero de montaña. Cuentan que aquellos tres pinos fueron sembrados hace más de 90 años por un niño de la comunidad de Otatitlán, quien en aquellos tiempos acompañaba a su papá en alguno de los viajes que hacían para acarrear tejas desde su comunidad a alguna de las poblaciones de la Sierra, aquellos hombres durante un día de camino cargaban sobre su espalda las tejas de arcilla que fabricaban en su pueblo para llevar a otras comunidades para venderlas, cargándolas con un mecapal y un canasto sobre su espalda para evitar que se rompieran con el movimiento, como llegaba a suceder muchas veces cuando las transportaban con los burros. En aquel paraje, en una ocasión de tantas, mientras los cargadores de tejas descansaban su carga para sentarse unos minutos a un costado del camino para comer su taco de frijol y reponer energías ante el arduo esfuerzo de su jornada, aquel niño de huaraches y ropa de manta con energías que parecían incansables como sus ansias por explorar, sentir y vivir, jugaba en el lugar como si fuera el mismo patio de su casa; aquel niño entre sus travesuras durante el largo camino había arrancado tres plantitas, con su rostro notablemente acalorado, muy seriamente frente a los cargadores de tejas les dijo que ahí sembraría tres arbolitos, para que que estas fueran creciendo y les diera sombra cuando ahí llegaran a descansar, prometiendo el niño que cada vez que pasara por ahí rociaría con agua a los arbolitos y los cuidaría para que esos tres árboles no se murieran. Hoy aquel niño ya no está en este plano dimensional, pero su esencia noble seguro juguetea aún entre las ramas de aquellos tres pinos gigantes que sobreviven en la curva de Yag’ruré, aunque en la actualidad ya nadie camina por esos senderos de montaña, pero ahí siguen esos tres guardianes expectantes para dar sombra a algún caminante ocasional que algún día descanse sus pasos sobre sus raíces y bajo las sombras de sus hojas…

Una bonita historia que unos pobladores de la sierra me contaron hace unos años cuando tuve la fortuna de ser invitado por una comunidad zapoteca para completar una expedición para encontrar todas las referencias marcadas de sus límites territoriales indicadas en un antiguo códice zapoteca, una historia que me encantó al estar ahí en ese paraje donde nos sentamos a descansar, mientras disfrutaba de un pozoncle y ser cobijados por la sombra de los tres pinos.

Pronto les compartiré la aventura y las fotos de lo que fue esta expedición, la cuál hasta la fecha ha sido una de las mejores experiencias de montaña sin igual.

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